Así seguí mi camino hasta que, después de mucho esfuerzo y constancia, logré que mi pasión por viajar y mi nueva profesión me llevaran aún más lejos. Esta oportunidad que representaba mucho más que un logro era la confirmación de que el nuevo camino que elegí comenzaba a abrirme puertas; conseguí una beca para realizar prácticas profesionales en España en una investigación en agricultura orgánica.
La beca cubría lo básico del viaje y mi estancia durante un par de meses, lo suficiente para poder sostener la experiencia inicial. Pero para mí, aquello era solo el punto de partida. Yo no iba únicamente con la intención de cumplir una práctica profesional. Iba decidida a aprovechar la oportunidad.
Había llegado tan lejos de casa y aún recordaba aquel viaje de hacía años, así que, como ya lo había hecho antes, pero ahora en un contexto completamente nuevo, comencé a viajar. Esta vez no eran pueblos conocidos ni caminos familiares. Eran países distintos, culturas nuevas, paisajes que no había imaginado e idiomas que no siempre entendía, pero que de alguna forma me invitaban a observar, aprender y adaptarme.
Cada lugar se sentía como un mundo distinto. La forma en la que la gente vivía, comía, trabajaba y se relacionaba con la tierra me mostraba nuevas perspectivas de la agricultura, de la vida y del equilibrio con la naturaleza.
No todo era fácil. Hubo momentos de incertidumbre, de no entender el idioma, de no saber exactamente qué hacer o hacia dónde ir. Pero también había una sensación constante de descubrimiento, de estar exactamente donde debía estar, incluso sin tener todas las respuestas.
Pasé el tiempo que me correspondía en la investigación y, con su final, se terminó también el apoyo económico. Fue en ese momento cuando comenzó la verdadera aventura.
Había algo del último viaje que recordaba con claridad: la facilidad con la que todo fluía cuando uno está presente y actúa desde la confianza.
Así que decidí hacerlo de nuevo.
Confié.
Y como en otras etapas de mi vida, los mándalas volvieron a moverse con naturalidad. Todo comenzó a fluir: las personas, las oportunidades, los intercambios. Era como si la vida respondiera cuando dejaba de controlar y empezaba a acompañar el movimiento.
Mi camino fue maravilloso. Me permitió explorar países nuevos, culturas distintas, comidas desconocidas y vivir una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida.
Y entonces, de forma inesperada, algo cambió nuevamente mi dirección.
Una persona me pidió que le enseñara a hacer mándalas. Me ofreció pagarme a cambio de un curso. Así, sin planearlo, se abrió un nuevo camino.
Acepté.
Pasé días enseñando, y al hacerlo descubrí algo muy profundo: mientras enseñaba, también aprendía. Empecé a ver aspectos de los mándalas que nunca había notado antes en mi propio proceso.
Recordé entonces una frase que me habían dicho mis maestros: uno no termina de aprender hasta que empieza a enseñar, por primera vez, lo entendí de verdad.
Enseñar no era el final del camino… era el inicio de algo mucho más grande.
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