Continué mi camino, descubriendo más de quién soy en cada lugar, cada persona y cada historia que aparecía en el trayecto, me hablaban de temas que yo desconocía y me ayudaban a descubrir más el mundo y a mí misma.
Me encontré con un país lleno de vida en sus detalles más simples: la calidez de su gente, la intensidad de su comida, la diversidad de sus paisajes y esa magia silenciosa que se siente en los pueblos cuando el día avanza sin prisa.
En medio de ese viaje, tras el encontrarme con los mándalas, se convirtieron en mi compañía constante.
No importaba dónde estuviera, siempre encontraba un momento para sentarme, respirar y crear. A veces lo hacía en la plaza principal del pueblo donde me encontraba en ese momento, rodeada de movimiento, de conversaciones, de música lejana o del simple sonido del viento entre los árboles. Ese acto tan íntimo de crear llamaba la atención de las personas que pasaban.
Algunas se acercaban con curiosidad, otras se quedaban observando en silencio por un rato. Poco a poco, esas miradas se transformaban en conversaciones, y esas conversaciones en intercambios. Así, de una manera completamente natural, mis mándalas comenzaron a convertirse en una forma de sustento durante el camino.
No era complicado conseguir el material necesario, además de que era ligero y fácil de transportar, adaptable a una vida en movimiento. Esa simplicidad fue clave, porque me permitía seguir avanzando sin sentir que cargaba con demasiado, tanto física como emocionalmente.
Con el tiempo entendí que no solo estaba viajando, sino que estaba aprendiendo una nueva forma de vivir. Una forma donde el trabajo no estaba separado del gozar la vida, donde la creación no era algo que se hace solo cuando sobra el tiempo, sino como una parte esencial del día a día. Esa capacidad de generar ingresos mientras me movía, mientras exploraba y mientras vivía, cambió por completo mi percepción de lo que significa trabajar.
Me abrió los ojos a una libertad que antes no conocía. Una libertad que no se trata solo de moverse de un lugar a otro, sino de tener la posibilidad de elegir cómo, cuándo y dónde vivir. Sin horarios rígidos, sin estructuras que condicionen cada momento, solo el presente como punto de partida y de llegada.
Con el tiempo, entendí que este estilo de vida no era solo un viaje externo, sino también un proceso interno profundo. Cada mándala que creaba era una forma de meditación, una manera de ordenar mis pensamientos, de conectar conmigo misma y de encontrar sentido en lo simple, de colocarme en el presente. Y al mismo tiempo, cada persona que se acercaba a mirar, a preguntar o a llevarse una pieza, se convertía en parte de esta historia.
Hoy, cuando miro hacia atrás, entiendo que ese camino no solo me llevó a recorrer el sur de México, sino también a descubrir una forma distinta de habitar el mundo. Una forma más consciente, más ligera y más conectada con lo que realmente importa.
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