Esa libertad económica y mental que había descubierto en el camino comenzó a abrirme nuevas oportunidades que no había imaginado. Ya no solo se trataba de viajar o de crear, sino de el entendimiento de una forma de vivir que podía adaptarse a otras etapas de la vida.
Había comenzado a viajar porque, en ese momento, no sabía realmente qué hacer con mi vida. Solo sabía que necesitaba moverme, salir, explorar. Pero en ese recorrido, no solo me encontré a mi misma. Sin planearlo, terminé enamorándome de algo completamente distinto: la agricultura. Aprendí de manera orgánica, observando, preguntando, entendiendo la tierra, los procesos, los ciclos. Y poco a poco, esa curiosidad se transformó en decisión. Supe que quería que ese fuera mi camino.
Con esa claridad, tomé la decisión de regresar a mi ciudad natal y comenzar a estudiar formalmente. Era un cambio importante: pasar de una vida en movimiento constante a una estructura académica con horarios, responsabilidades y exigencias fijas. Sin embargo, había un reto que no había anticipado. Con los horarios de estudiante, se volvió casi imposible conseguir un trabajo tradicional que me permitiera cubrir mis gastos de vivienda y los costos de mis estudios.
En medio de esa incertidumbre, algo inesperado ocurrió.
Las personas comenzaron a preguntarme por los mándalas.
Al principio fueron compañeros de clase, curiosos tras haber visto mi trabajo o escuchado de él. Luego, la información comenzó a circular de boca en boca. Entre estudiantes se pasaba la voz, algunos maestros comenzaron a interesarse y a comprarme piezas, y después llegaron conocidos de conocidos. Sin darme cuenta, se había creado una pequeña red alrededor de algo que yo hacía de forma natural, casi como un descanso entre estudio y estudio.
Lo más sorprendente fue que no tuve que forzar nada. No hubo estrategias complicadas ni esfuerzos por vender. Simplemente seguí creando en mis tiempos libres, mientras me enfocaba por completo en mis estudios y en construir mi futuro académico en agricultura.
Y aun así, el interés crecía.
Ese momento fue muy importante para mí, porque me mostró algo que no había visto con claridad antes: que una habilidad desarrollada desde la pasión, incluso en medio de una etapa de transición, puede sostenerte más de lo que imaginas. Me permitió continuar estudiando sin la presión constante de no saber cómo cubrir mis necesidades básicas, y al mismo tiempo, me dio la tranquilidad de estar avanzando en dos caminos a la vez: el que estaba construyendo con la mente y el que seguía cultivando con las manos.
Comentarios ()