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Cuando descubrí todo lo que llevaba guardado

Había pasado años intentando cambiar mi vida desde afuera. Nunca imaginé cuánto podía cambiar cuando empecé a mirar lo que llevaba dentro.


En el post anterior te conté cómo, en medio de uno de los momentos más difíciles de mi vida, llegó a mis manos El Código de la Emoción, del Dr. Bradley Nelson.


Lo leí por primera vez en portugués en apenas dos semanas. Tenía tanta necesidad de comprender lo que me estaba pasando que prácticamente devoraba cada página. Pero leerlo no fue suficiente.


Necesitaba probarlo conmigo.

Y así comenzó una de las etapas más importantes de mi proceso.


¿Cuántas cosas podemos guardar sin darnos cuenta?


Hasta entonces entendía perfectamente que había vivido situaciones dolorosas. Sabía que había sentido tristeza, rabia, miedo, frustración, abandono, decepción...


Lo que nunca había considerado era la posibilidad de seguir cargando emocionalmente con algunas de aquellas experiencias mucho después de que hubieran terminado.


Comencé a identificar y liberar emociones siguiendo lo que estaba aprendiendo. Al principio iba poco a poco. Una emoción. Otra. Una experiencia. Otra parte de mi historia. Y mientras más avanzaba, más quería comprender.


Muchas cosas que había entendido intelectualmente la primera vez comenzaron a tener otro sentido porque ya las estaba experimentando conmigo misma.


Entonces apareció el muro del corazón


Uno de los conceptos que más llamó mi atención fue el "muro del corazón". Según este enfoque, ante determinadas experiencias emocionalmente dolorosas podemos construir una especie de protección alrededor del corazón. Cuando trabajé el mío, no esperaba que aquello fuera a convertirse en algo tan significativo para mí. Empecé a identificar emociones relacionadas con diferentes momentos de mi vida y a liberarlas poco a poco.


No hubo una mañana mágica en la que desperté siendo otra persona. Fue mucho más interesante que eso.


Comencé a darme cuenta de que estaba reaccionando diferente.


Situaciones que antes podían desestabilizarme durante horas empezaban a tener menos poder sobre mí. Empecé a sentir más calma. A disfrutar pequeños momentos que antes pasaban completamente desapercibidos. A estar un poco más presente. Y continué.


Mi cuerpo también empezó a sentirse diferente


Durante aquellos años yo había convivido con mucho malestar físico. Mi cuerpo dolía. Mis rodillas llegaron a dolerme muchísimo y había momentos en los que sentía un cansancio físico difícil de explicar.

Mientras continuaba trabajando conmigo misma —al mismo tiempo que hacía cambios en mi alimentación, incorporaba ejercicio y seguía mis controles médicos— empecé a notar algo que me sorprendió:


algunos de esos dolores comenzaron a disminuir.


Con el paso del tiempo dejé de vivir con aquel dolor constante en las rodillas, y mi cuerpo comenzó a sentirse mucho mejor. No puedo convertir mi experiencia en una fórmula ni decir que otra persona vivirá lo mismo. Solo puedo contar lo que ocurrió conmigo. Y aquello hizo que quisiera seguir investigando.


Pero el cambio que más me impresionó ocurrió en mi mente


Durante mucho tiempo había vivido atrapada entre el pasado y el futuro. Pensaba una y otra vez en lo que había hecho. En lo que no había hecho. En lo que había permitido. En aquello que debería haber dicho. Y cuando no estaba allí, estaba preocupándome por un futuro que todavía no existía. Con el tiempo empecé a notar espacios de silencio dentro de mí. Mi mente se sentía más clara. Lloraba menos. Disfrutaba más. Y, sobre todo, empecé a recuperar algo que para mí era enorme:


la capacidad de elegir cómo responder.


Yo había sido una persona que podía explotar ante determinadas situaciones. Poco a poco empecé a comprobar que algo podía molestarme, dolerme o incluso enfadarme sin que necesariamente tuviera que perder el control. Para alguien que había vivido ataques de ansiedad, pánico e ira, descubrir aquello fue inmenso.


Y empecé a hacerlo con mis hijos


Cuando fui viendo cambios en mí, naturalmente pensé en ellos. Comencé a aplicar con mis hijos algunas de las herramientas que estaba aprendiendo. No quería que tuvieran que llegar a adultos cargando durante años cosas que quizá podían comenzar a reconocer mucho antes. Y eso despertó todavía más mi curiosidad. Porque ya no estaba estudiando solamente para salir del lugar en el que yo había estado.


Quería comprender hasta dónde podía llegar todo aquello.


Hasta que ocurrió algo que no esperaba


Mi siguiente descubrimiento fueron las emociones heredadas. Hasta entonces mi búsqueda había estado centrada principalmente en mi propia historia. Pero cuando comencé a trabajar con emociones que, dentro de este enfoque, se consideran heredadas, tuve algunas de las experiencias más extrañas y profundas de todo mi proceso. Durante determinadas liberaciones comenzaron a aparecer imágenes. Pequeños fragmentos. Escenas que percibía como películas antiguas, con poco color.


En algunas ocasiones sentía que aquellas escenas estaban relacionadas con el momento en el que esa emoción se había originado dentro de mi historia familiar. También tuve experiencias en las que percibí voces de ancestros agradeciéndome y pidiéndome que continuara. No puedo demostrar qué fueron

aquellas experiencias ni pretendo decirle a nadie cómo debe interpretarlas.


Solo puedo decir que para mí fueron profundamente reales y significativas.


Dos de ellas me marcaron tanto que años después decidí incluirlas en mi libro. Y lejos de hacerme sentir que ya tenía todas las respuestas, ocurrió exactamente lo contrario. Me llené de preguntas.


Yo quería contárselo a todo el mundo


Cada nuevo descubrimiento despertaba en mí una necesidad enorme de compartir.

Pensaba:

"¿Cómo puede ser que yo no supiera nada de esto antes?"


Hablaba con las personas. Les explicaba lo que estaba aprendiendo. Intentaba enseñarles. Quería que probaran. Quería que experimentaran. Quería que alguien sintiera siquiera una parte de lo que yo estaba sintiendo. Pero muchas veces nadie me prestaba demasiada atención. Y con el tiempo comprendí algo:


no todo el mundo está buscando una respuesta en el mismo momento en que tú la encuentras.


Así que dejé de necesitar convencer. Y continué aprendiendo. Porque todavía sentía algo con muchísima fuerza: me faltaba una pieza.


Había avanzado muchísimo, pero mi búsqueda no había terminado. Todavía necesitaba comprender por qué algunas cosas parecían estar conectadas entre sí: emociones, pensamientos, patrones, experiencias y aquello que manifestábamos en nuestro cuerpo y nuestra vida. Esa pregunta fue la que me llevó al siguiente nivel de mi búsqueda. Y allí descubrí que liberar emociones era solamente una parte de un mapa muchísimo más grande.


Continuará...