Neil Young - Memorias
Infancia esteparia, sueño californiano, Buffalo Springfield, Crosby y sus
colegas, Crazy Horse… Ácidos, copas, escándalos, mujeres, acordes
inextinguibles, desacuerdos… Regresos, vueltas y revueltas… Ésas son las
claridades, ¿pero qué hay detrás o debajo de las sombras? Neil Young es una
leyenda en ejercicio, una figura insoslayable del canon roquero desde los ya
lejanos sesenta y además un enigma. Al menos hasta ahora. Porque el muy
esquivo sujeto, aquejado tal vez de una brusca simpatía, decidió cierta mañana
mostrarnos el sanctasanctórum de sus recuerdos e intimidades. Ese
improbable experimento confesional es este libro: una voz cantante escrita de
puño y letra (no hay fantasmas por medio) que nos presenta el calidoscópico
panorama de una vida y una música ejecutadas hasta la médula, que nos
conduce desde las nieves de Ontario a los edenes hawaianos pasando por las
calles alucinadas de Los Ángeles en los albores de la gran turbulencia.
Estamos, pues, ante el «relato definitivo» (tópico por una vez justificado) de un
viaje obstinadamente inenarrable o, como afirma un crítico sin duda perspicaz,
ante «la historia del rocanrol abierta en canal, en primera persona y en
presente de indicativo».
Para Ben Young, mi héroe, mi guerrero.
Y para su madre, hermano y hermana.
Prólogo
De joven jamás soñé con esto. Soñé con colores y que me caía, entre otras cosas.
Capítulo uno
Broken Arrow Ranch, primavera de 2011
La familia Young: padre Neil, madre Pegi, hijos Amber y Ben
Arranqué la cinta adhesiva de la caja de cartón. En el suelo había un montón de papel
de regalo. Ben miraba desde la silla y Amber y Pegi estaban sentadas a mi lado. Con
cuidado, extraje de la caja un objeto pesado. Estaba envuelto en más papel de regalo y
en una capa gruesa de un material protector esponjoso. Entonces lo vi: un
intercambiador de locomotoras con un distintivo hecho a mano de Lionel.
Curiosamente, no era un Lionel de verdad. Debía de tratarse de un prototipo. En la caja
había una nota escrita de puño y letra por Lenny Carparelli, uno de los numerosos
italoamericanos vinculados de una forma u otra a la historia de Lionel, una empresa de
la cual todavía poseo una pequeña parte. Leí la nota. La maqueta era de la General
Models Corporation. Era un intercambiador bien bonito y se trataba del prototipo que
Lionel había empleado para crear su propia maqueta. Tal como indicaba la nota, eso
había sucedido antes de que los pleitos empresariales y los secretos profesionales se
hubieran adueñado por completo del mundo de la creatividad y del diseño.
En vacaciones, Pegi siempre me regala objetos para coleccionista de Lionel; tengo
una amplia colección de rarezas expuestas en una cristalera en una habitación con una
enorme pista para trenes. No se trata de una pista normal, pues el paisaje lo forman
tocones de secuoya, que hacen de montaña, y musgo para los prados. La red de
ferrocarriles ha pasado por un momento duro, tras lo cual se ha producido una sequía.
El trabajo en las vías férreas, antes realizado por equipos de chinos infatigables, ha
quedado abandonado. Ahora unas máquinas de vapor chinas caras y detalladas de
Lionel cruzan las vías. Mi red de ferrocarriles es en cierto modo histórica, pues en ella
se idearon y desarrollaron a partir de cero los sistemas de sonido y de control de
comandos de Lionel. Luego se ajustaron sobre ella los prototipos y se creó y probó el
software para, de nuevo, volver a reprogramarse y probarse en infinidad de ocasiones.
En suma, un auténtico quebradero de cabeza, diríase, todo lo relativo al desarrollo de
esos componentes electrónicos. La historia arranca, en este punto, con el nacimiento de
Ben Young.
Ben nació tetrapléjico justo cuando yo volvía a aficionarme a los trenes,
pasatiempo que de niño me enloquecía. Diseñar juntos la pista fue uno de los momentos
más felices de mi vida. Él todavía estaba en el moisés cuando miles de trabajadores
chinos tendieron la vía, trabajando sin descanso día y noche. Ben observaba mientras
trabajábamos. Al cabo de unos meses llegó el momento de poner en marcha los trenes,
y luego diseñé un sistema de agujas que Ben podía accionar apretando un enorme botón
rojo. Nos costó mucho, pero le resultaba gratificante ver cómo podía accionar el
mecanismo sin ayuda; lo cual parecía conferirle cierta sensación de poder.
Sin embargo, eso fue hace treinta y tres años; ahora estoy limpiando las cristaleras
tras las cuales mis preciados objetos de Lionel se encuentran a salvo y a la vista de
todo el mundo. Tampoco es que venga mucha gente. Las visitas pueden contarse con los
dedos de una mano, y es una pena si se tiene en cuenta el trabajo que ha supuesto
escenificar esta especie de exposición. La mera observación de la exposición y de la
pista puede llegar a provocarte una suerte de experiencia zen. Su contemplación me
permite rememorar y revisitar el caos, las canciones, las personas y las emociones de
mi niñez que todavía me acompañan. No es mal método, pero tampoco del todo
recomendable. Durante meses se amontonan las cajas por doquier y los trenes
descarrilados recubiertos por el polvo, y de pronto, milagrosamente, irrumpo de nuevo
en escena, lo limpio y organizo todo durante horas y horas, ocupándome de cada detalle
hasta que todo vuelve a ir, literalmente, sobre ruedas. Producto, a buen seguro, de una
conjunción astral que suele anunciarme el desenlace inminente de otros procesos
creativos.
Recuerdo que un día David Crosby y Graham Nash vinieron a verme a un establo
que había convertido en sala de trenes, durante la grabación de American Dream, gran
parte de la cual se hizo en Plywood Digital, que no era sino otro establo que había
transformado en estudio de grabación en el rancho. Teníamos una camioneta aparcada
en el exterior con un equipo de grabación y estábamos preparando varias canciones
nuevas. Estábamos entusiasmados de volver a tocar juntos. Crosby ya no se drogaba, se
estaba recuperando de la adicción a los chinos de cocaína, acababa de salir de la
cárcel por algo relacionado con un arma cargada en Texas, y era propenso a echarse
una siesta entre toma y toma. Todavía estaba desenganchándose y se esforzaba al
máximo porque el grupo y la música eran su mayor pasión. No conozco a nadie a quien
le apasione tanto la música. Graham Nash ha sido su mejor amigo desde hace mucho
tiempo, en la salud y en la enfermedad, y la manera que tienen de cantar juntos da fe de
cuán intensa es su relación.
Se conocieron cuando estaban en los Hollies y en los Byrds, dos grupos
fundamentales en la historia del rocanrol, y luego, con Stephen Stills, formaron en 1970
Crosby, Stills & Nash. El primer disco de CSN es una obra de arte. Definió un sonido
que otros grupos han imitado durante años, algunos con mayor fortuna comercial, pero
no hay duda de que ese primer disco de CSN fue innovador. Stephen tocaba casi todos
los instrumentos. Los grababa por la noche con Dallas Taylor, el batería, y Graham.
Unos años antes Stephen había intentado hacer de todo en los Buffalo Springfield,
desde producir, componer y ocuparse de los coros hasta asumir más protagonismo con
la guitarra, y en CSN, por primera vez desde la disolución de los Buffalo Springfield,
pudo explorar su propio potencial creativo, y lo hizo a lo grande. Pero volveré sobre
ello más adelante…
Pues bien, vi a David mirando una de las salas de trenes repletas de material
rodante y lanzándole, acto seguido, una mirada furtiva a Graham cuyo arcano mensaje
podría sintetizarse como creo haber intuido en aquel preciso instante: «Este tipo está
como una puta cabra, se ha vuelto majara. Está obsesionado». No le di importancia. Lo
necesito. Me mantiene cuerdo.
Me encuentro ahora limpiando una de las cristaleras que alberga mi colección. En
cuanto el cristal está reluciente, me detengo a observar las maquetas Lionel, alineadas
de un modo que sólo yo comprendo.
Salgo del edificio y camino unos cincuenta metros hasta Feelgood’s Garage.
Feelgood’s está repleto de amplificadores, sobre todo de Fender antiguos pero también
de Magnatone, Marshall y algún que otro Gibson. Recuerdo mi primer ampli Fender,
me lo regaló mi madre, que siempre respaldó mi carrera como músico. Era un modelo
de dos partes, la pantalla iba abajo y el cabezal encima. Los dos altavoces de
veinticinco centímetros del ampli doble más pequeño de Fender emitían un sonido
espectacular. Para mí era enorme. Había tenido antes un Ampeg Echo Twin. En el
colegio solía soñar con amplis y escenarios y hacía mis pinitos en escenografía
diseñando todo tipo de escenarios. No puede decirse que me fuera muy bien en esas
clases.