“Y Jehová dijo a Moisés: He aquí yo os haré llover pan del cielo; y el pueblo saldrá, y recogerá diariamente la porción de un día, para que yo lo pruebe si anda en mi ley, o no”, Éxodo 16:4.
Ésta provisión sobrenatural de Dios para su pueblo en el desierto es uno de los grandes milagros del Antiguo Testamento. Lamentablemente el contexto en el que se origina éste milagro no es una respuesta de Dios a la oración, ni a la adoración, ni al clamor de su pueblo, sino que dice la Escritura: “Israel murmuró”.
Aunque Dios iba delante de ellos, los defendía y grandes señales había hecho, Israel no estaba agradecido ni confiado en él, más bien expresa su inconformidad quejándose y murmurando ante la voluntad de Dios. Evitemos la murmuración, pues el Señor siempre sabe lo que hace, cuando y como).
Dios esperaba que Israel confiara en él, pues los había sacado de Egipto con grandes señales y los llevaba a la tierra prometida de una manera sobrenatural. Nosotros debemos confiar en el Señor pues él sabe de dónde nos ha sacado y sabe a dónde nos quiere llevar (Él lo sabe todo). Dios habla a Moisés, no sólo porque era quien estaba a cargo, sino porque era un corazón sensible en el desierto.
Recordemos que el sol endurece el barro, pero ablanda el hielo. A veces ante el difícil camino algunos corazones se endurecen, pero Moisés mantuvo un corazón sensible a Dios.
Dios es soberano y todopoderoso.
El Señor le dice a Moisés: “hare llover pan del cielo”, aunque eso nunca antes había ocurrido, aunque hacer llover en el desierto ya era difícil, y hacer llover pan era algo único y humanamente imposible, Moisés confió plenamente en las palabras del Señor.
Es interesante tener en cuenta el pan en tiempos de Moisés, algunos alargados, redondos, de tamaño personal y familiar, de color café oscuro y claro, y él pudo imaginárselos así, pero el maná pan del cielo era “como semilla de culantro (cilantro), blanco, y su sabor como hojuelas con miel” (Éxodo 16:31). Concluimos entonces que aunque Dios siempre hace lo que dice, no siempre lo hace como nos lo imaginamos o esperamos.
Estaban en el desierto de Sin, cuyo nombre significa “arbusto”. Éste era el panorama: arena y arbustos, por supuesto esto ya era difícil, y allí es donde debemos caminar con los ojos de la fe, ver por encima de las circunstancias, creer lo que Dios ha dicho, pues adelante estaba la tierra que fluye leche y miel, tierra de abundancia y bendición, pasar por allí era temporal y formativo.
Dios da instrucciones respecto a la manera de recoger el maná: “recogerán diariamente la porción de un día” y en esto serían probados. El Señor nos prueba, él espera que caminemos en su ley, es la prueba de la obediencia. Para Dios la obediencia es más valiosa que miles de sacrificios, pues con él no es posible negociar la obediencia por obras religiosas o rutinas espirituales.
El maná fue temporal, fue la provisión de Dios en el desierto para Israel. Sin embargo Jesús dijo: “Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre” (Juan 6:49, 51). ¡Que bendición! Cristo es nuestra provisión para la eternidad y para nuestro ahora, podemos nutrirnos de él sin medida, Jesús es nuestra vida y fortaleza, es nuestro alimento por la eternidad: “cualquiera que come de este pan vivirá para siempre” (Juan 6:58).
Reflexión final: Dios tiene cuidado de nosotros como cuidó de Israel en el desierto, e igualmente nos quiere llevar a la tierra de bendición, es decir al lugar de su perfecta voluntad. El Señor es nuestro proveedor y la más grande provisión ha sido su Hijo mismo: Jesucristo, el pan vivo que descendió del cielo.
Habla con Dios: Gracias amado Jesús por tu obra, permítenos alimentarnos de ti cada día. Tú eres mi fuerza y mi aliento. Dame Señor revelación de tu palabra y escríbela en mi corazón. Amén.