Durante el otoño el árbol entra en una fase que para el ojo humano puede parecer decadente: las hojas se tornan secas y caen. Sin embargo, lejos de ser un signo de muerte, este proceso ha sido cuidadosamente diseñado por Dios, pues al desprenderse de sus hojas el árbol reduce el gasto de energía y de agua, concentra sus recursos y los almacena en su interior; es así como se prepara para sobrevivir al invierno.
Y ésta es una de las tantas maneras en las que la creación predica, porque la fe también atraviesa estaciones. No siempre florece, no siempre se ve frondosa, firme, segura. Hay momentos donde las hojas caen y aparecen pensamientos de duda, cansancio, preguntas que no encuentran respuesta inmediata. Y muchas veces creemos que eso es señal de una fe débil o insuficiente. Pero Dios no mide la fe como nosotros.
La fe no se basa en nuestra capacidad de creer, sino en la fidelidad de Aquel en quien creemos. Por eso Jesús no rechazó al padre que, en completa honestidad, le dijo:
“Creo; ayuda mi incredulidad.”
(Marcos 9:24)
Esa frase no nace de una fe perfecta pero sí de una fe verdadera. Una fe que no se disfraza ni pretende autosuficiencia. Una fe que reconoce su lucha y, aun así, decide confiar. Dios nunca nos pidió ser autosuficientes, sino dependientes.
La Escritura es clara cuando dice:
“Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad.”
(2 Corintios 12:9) Así como el árbol no gasta energía sosteniendo hojas en invierno, hay temporadas donde Dios no nos pide producir, sino echar raíces más profundas, aprender a confiar sin sentir, avanzar sin ver, abrazar Sus promesas cuando aún no ves respuestas. Porque en el invierno no se necesitan hojas; se necesita raíces.
La Palabra nos recuerda:
“Porque por fe andamos, no por vista.”
(2 Corintios 5:7)
Ahí se revela un principio extraordinario: Él completa lo que a nosotros nos falta.
La fe no descansa en cuán firmes somos nosotros, sino en cuán fiel es Él. El valiente no es valiente porque no siente miedo, sino porque actúa a pesar de sentirlo. De la misma manera, el creyente no es el que nunca duda, sino el que no permite que la duda tenga la última palabra. Es el que decide confiar aun temblando, sabiendo que Dios nos sostiene incluso cuando nosotros sentimos que flaqueamos.
Y como en el ciclo del árbol, el invierno no es el final. La primavera llega, no forzada, no fingida; llega porque estaba prevista desde el principio. Las hojas vuelven, el fruto aparece, y lo que parecía estéril demuestra que solo estaba en proceso.
Tal como está escrito:
“El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.”
(Filipenses 1:6)
Así también nuestra fe puede atravesar estaciones sin hojas, pero nunca sin propósito, porque Aquel que la diseñó sabe exactamente cuándo florecerá otra vez para alegrar el corazón de otros, quienes quizás atraviesan su propio invierno.
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