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El amor todo lo puede

Se quedó en mí como una semilla plantada una frase que escuché una vez en un mensaje de mi pastor:

Cuando el enemigo ataca la relación entre dos personas —sea un matrimonio, una amistad, un vínculo familiar o incluso compañeros de trabajo— no lo hace por que ande aburrido. Lo hace porque sabe que esa relación representa un peligro para su reino.


Las relaciones sanas construyen, levantan, consuelan y fortalecen. Dos personas que se apoyan mutuamente pueden atravesar tormentas que solas jamás resistirían. Por eso el ataque casi siempre llega en forma de orgullo, palabras duras, malentendidos o heridas abiertas que con el tiempo se vuelven muros. Es así como muchas relaciones que tenían un propósito hermoso terminan separadas por cosas que, aparentemente, no tenían oportunidad de cambio.


Pero hay algo poderoso en las relaciones que han sido restauradas, te lo muestro así: Después de un incendio forestal, el suelo queda cubierto de cenizas y parece que todo está perdido. El suelo sufrió, pero esas mismas cenizas enriquecen la tierra, y con el tiempo permiten que brote una vegetación aún más fuerte que la anterior. La vida vuelve a crecer, muchas veces con más vigor que antes.

Así ocurre también con las relaciones que han pasado por el fuego de una herida… pero han sido sanadas por el perdón.

Cuando una herida es profunda, lo primero que nace en nosotros es el instinto de protegerla: no queremos que nadie la toque, porque cualquier roce vuelve a encender el dolor. Pero para que sane de verdad, la herida necesita ser limpiada, tratada, incluso atravesar un momento de ardor que parece empeorar las cosas. Solo después comprendemos que ese proceso era necesario, que aquello que dolió al principio estaba evitando que la herida se infectara. Y con el tiempo, lo que un día fue una herida abierta termina convertido en una cicatriz cerrada… que ya no duele, sino que recuerda que hubo sanidad.


Cuando dos personas logran atravesar el proceso del perdón, algo cambia profundamente. Se aprende a valorar lo que antes se daba por sentado. Se cuidan las palabras, se aprende a escuchar, a cuidar y proteger lo que se pudo haber perdido. Se respeta más el corazón del otro. Se entiende que el vínculo es más importante que el orgullo.


Hace un tiempo una amiga muy querida, ya mayor, me confesó algo que me dejó pensando profundamente.

Me dijo que uno de los grandes arrepentimientos de su vida fue no haber perdonado a su esposo cuando él se lo pidió. Él había cometido una traición y estaba sinceramente arrepentido, pero todas las personas a su alrededor le aconsejaron lo mismo: que si lo perdonaba jamás sería feliz, que seguramente le volvería a fallar.

Convencida por esos consejos y sin tener en cuenta los detalles particulares de su situación, lo dejó ir.

Pasaron los años. Él volvió a casarse y formó una nueva familia con la que permaneció hasta hoy. Pero ella nunca volvió a casarse… ni tampoco logró olvidar del todo aquella relación.

Un día, con la serenidad que solo dan los años, me dijo:

“Tal vez si hubiera perdonado, mi historia habría sido diferente”.


El perdón tiene algo profundamente divino.

Porque perdonar cuando alguien lo merece es justicia.

Pero perdonar cuando no lo merece… eso es amor.

Y ese es precisamente el amor que Dios tuvo con nosotros.

La Biblia dice:

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”

(Juan 3:16)

El mayor acto de amor de Dios hacia la humanidad fue perdonarnos cuando no lo merecíamos. Su perdón no fue solo una palabra, fue una acción. Entregó a Su propio Hijo para restaurar una relación que el pecado había roto.

Por eso la Escritura también nos exhorta:

“Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto.”

(Colosenses 3:14)

No es casualidad que use la palabra vínculo. El amor es lo que mantiene unidas las cosas que de otra manera se romperían.


Por eso, si hay una relación en tu vida que fue herida, pero sabes en lo profundo de tu corazón que todavía tiene valor, no dejes que el orgullo tenga la última palabra.

A veces restaurar una relación comienza con un simple acto de valentía: perdonar… o pedir perdón.

Porque cuando el amor permanece, el enemigo pierde terreno.

Y una vez más se demuestra la verdad que tantas veces olvidamos:

El amor todo lo puede.