"¿Qué es el cielo sino un soborno, y qué es el infierno sino una amenaza?"
Jorge Luis Borges
La Biblia sí habla del cielo y también del infierno; pero ella comienza hablando de el cielo y la tierra (Génesis 1:1), más no del infierno. Este hecho podría sugerir que las figuras bíblicas refieren a algo diferente con estos conceptos...
Además, y como alguien dijo, si necesitáramos de un criterio como este para “ser buenas personas”, claramente seríamos muy miserables.
Bueno, en este artículo encuentro una oportunidad más para mostrar lo que, a mi juicio, es uno de los más grandes sesgos de interpretación bíblica en toda su historia. Un sesgo que ha perjudicado seriamente a quienes han aceptado esas ideas sin someterlas al análisis crítico de una inteligencia que busca comprender la verdad de lo que escribieron quienes escribieron. Antes, solo pretenden confirmar sus creencias.
Aceptar sin cuestionamiento la idea popular de “ir al cielo” después de morir, y además creer que debemos hacer algo para ganarlo, limita profundamente al ser humano. No solo distorsiona el sentido de esta vida; también reduce nuestra existencia a un trámite, a una carrera por acumular méritos para alcanzar un destino imaginado.
Esa perspectiva produce un problema enorme: hace entender que esta experiencia temporal es defectuosa, de poco valor, o incluso indeseable. Entonces, el más alto propósito de esta experiencia se pervierte. Ya no se le encuentra valor a la inteligencia y al espíritu que ésta es capaz de manifestar. Ya no es crecer, transformarse y madurar hasta adquirir la virtud necesaria para establecer la justicia y vivir progreso continuo en su paz. Es entonces simplemente merecer un futuro que cada persona fabrica en su propia mente (por supuesto, mientras menosprecia a la propia mente). Y aunque esa idea claramente no articule con muchas otras de las propias creencias, pueden ni siquiera notarlo.
Grandes mayorías viven desarticuladas en su interior, guiadas por valores centrados en lo material y por una religiosidad basada en el miedo. Muchos creen lo que creen no por entendimiento, sino por temor, y que sostienen solo “por si acaso” ese cielo y ese infierno realmente existieran.
¡Ignoramos... y para muchos, ese desconocimiento ni siquiera lo consideran un problema!
En vez de ocuparse de establecer el cielo en la tierra, es decir, de sembrar la sabiduría eterna en su propia inteligencia (Mt. 6:10; Ap. 3:12; Ap. 21:2), prefieren huir hacia un “cielo” imaginado, mientras dejan su tierra interior desordenada y vacía (Gn. 1:2). Y al descuidarla, esa tierra se convierte en un infierno interno cuya llama no se apaga (Mr. 9:43-48).
Quiero mostrarte una perspectiva diferente. Una que encuentro profunda y que aporta sorprendente claridad de visión dentro del mismo libro de donde surgieron esas interpretaciones enormemente limitantes: La Biblia.
En las alegorías bíblicas, “el cielo” no es un destino físico ni un lugar geográfico aparte. No se trata de una dimensión material distinta, imaginada como un espacio lejano. “El cielo” simboliza el trono; la autoridad de la sabiduría eterna.
“La tierra”, en cambio, representa el territorio donde esa sabiduría debe reinar, la materia, nuestra humanidad. Y es en la mente, en esa parte más íntima de nuestra humanidad, donde esa sabiduría está llamada a establecerse.
El libro de Isaías lo expresa así: “El cielo es mi trono y la tierra estrado de mis pies” (Isaías 66:1).
Este enunciado describe un principio fundamental:
Lo material existe como consecuencia de la sabiduría eterna.
La materia no gobierna; obedece a las leyes de la sabiduría causal. En otras palabras, su naturaleza proviene de la sabiduría que la origina.
Al ser humano se le ha facultado para replicar, como experiencia, el orden natural a través de su inteligencia, y La Biblia habla de ello.
Es por eso que la “tierra”, la propia humanidad o naturaleza material (cuerpo), no se someterá por sí misma al trono del cielo (la mente) mientras ahí no haya la sustancia que por ley y naturaleza le gobierna: SABIDURÍA. Entonces, ante la ausencia de sabiduría (de donde todos partimos) la mente experimentará resistencia, oposición, y esa tensión es necesaria para la formación de la inteligencia humana. La mente debe, como condición necesaria, adquirir primero sabiduría para encontrar su orden.
La inteligencia humana posee una cualidad única: puede reconocer este principio y transformarse progresivamente hasta alcanzar en sí misma la imagen y semejanza del espíritu de la sabiduría eterna. Y solo en esa medida, podrá replicar el diseño gobernando con sabiduría sobre la propia humanidad.
En eso consiste la obra interior: Ordenar lo desordenado, llenar lo vacío (Génesis 1:2), someter “la tierra” de la propia humanidad, y recorrer el proceso de madurez en la sabiduría. Así, la mente sabrá gobernar bien sobre esa naturaleza que se opone, y podrá establecer en ella, armónicamente, "el reino del cielo".
En esa maduración, la inteligencia alcanza finalmente su propósito: sentarse en el trono, y reinar en justicia junto con la sabiduría eterna; gobernar el territorio (humanidad) conquistado de su ser (Apocalipsis 3:21). Esto es dominio propio.
Las alegorías bíblicas no hablan de lugares externos, sino de causas primeras en el individuo.
Es importante reconocer que la Biblia, aunque convertida históricamente en una herramienta religiosa, no es un libro de religión en su esencia. Su tema central es el desarrollo integral del ser humano, comenzando por su inteligencia. Su mensaje nada tiene que ver con la evasión, sino con la responsabilidad.
Las interpretaciones religiosas transformaron ese llamado interno en un sistema externo de premios y castigos, debilitando su propósito original: madurar la conciencia para generar justicia y progreso. Y también quiero decir, es precisamente del desarrollo de la conciencia hacia la madurez, que emergen los más altos valores de la sabiduría como la felicidad, la paz, la bondad, el dominio propio, la empatía. Aspectos que no crecen en el hombre de otra forma, y que muy frecuentemente busca encontrar en lo externo. Entonces el hombre debe volverse responsable de desarrollar estos valores como un fruto en su ser, y multiplicarles.
De lo contrario, el fruto interior arderá.
La sabiduría sana al ser humano. La permanencia en la ignorancia destruye (Oseas 4:6).
Siendo que a las mayorías no les atrae la responsabilidad, pues incomoda a su búsqueda del confort, esperar que estos aspectos provengan de una fuente externa siempre les será más conveniente. Y si se les prometen gratis, aunque sea en una "vida venidera", les podrá ser atractivo.
La idea popular de “ir al cielo” es escapista; es huir. Es una renuncia al trabajo interior y una delegación irresponsable de nuestra madurez y del llamado más alto. Deja en manos de otros, ya sea de una deidad, una institución o simplemente la suerte, la tarea de garantizar que "estemos bien" y que “haya justicia”.
Pero la existencia humana no fue diseñada para alcanzar el confort, y que todo simplemente se nos dé fácil. Sus características apuntan claramente hacia el crecimiento, la transformación y el progreso, y eso jamás ocurre sin esfuerzo, disciplina, conflicto interno, incomodidad y perseverancia.
No se trata de "otro éxodo", sino de gobernar con la sabiduría eterna nuestra propia humanidad en la tierra. En otras palabras, no es "irnos al cielo", sino establecerlo aquí.
Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad de Dios En la tierra de los vivientes.
(Salmos 27:13)
Incluso la oración que Jesús enseñó a sus discípulos confirma esta dirección: “Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.”
Esta óptica en particular no es ascendente, sino descendente. Implica traer el cielo a la tierra. Establecer el reino de la sabiduría en la humanidad. Convertir claridad interior en plenitud exterior.
La mente debe elevarse, sí; pero el gobierno maduro debe establecerse de “arriba” (la inteligencia) hacia “abajo” (el cuerpo).
"Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí; y escribiré sobre él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, la cual desciende del cielo, de mi Dios, y mi nombre nuevo."
Apocalipsis 3:12
Ese camino, sin embargo, exige valentía, y a veces temeridad, porque implica asumir responsabilidad real del propio ser. Requiere cambios, trabajo interno, crecimiento, cuestionamiento profundo, superación de temores y una madurez que no todos están listos para abrazar priorizando la inteligencia sobre lo material.
Muchos preferirán seguir esperando un cielo que llegue sin costo para ellos; uno que llegue después de esta vida y simplemente les entregue todo en la mano de forma fácil, antes que construir uno que comience ahora, que tome tiempo y bastante dedicación.
Quienes eligen la ruta de la responsabilidad, podrán notar que en las simbologías bíblicas, "el cielo" nunca fue un lugar, sino un estado interior facultado para generar progreso en su entorno.
El cielo no está arriba ni lejos.
Más bien, se expresa donde la conciencia sabia gobierna a la humanidad que habita.
Ahora..... muy probablemente algunos se preguntarán:
"¿Y qué con nuestros seres queridos que se nos adelantaron?"
¡Exacto! ¡Así es como hacemos que el "pensar" funcione! ¡Hacer preguntas es necesario! ¡Eso hace una inteligencia viva!
Hay que buscar que articulen todas las propias ideas en un cuadro más completo de entendimiento acerca de la propia existencia.
Quizá este puede ser un buen tema de otro blog que comparta adelante...
Pero el gran desafío es este: Sí.... Es cuestionar las ideas que escuchas o lees.
Pero es cuestionar primeramente todas aquellas que ya están adentro de tu mente; las propias.
¡Eso es el principio! ¡Por ahí se empieza!... La propia casa.
Autores que dialogan de alguna forma con estas ideas:
1. N. T. Wright
Explica que “cielo” y “tierra” son dimensiones que deben unirse, no mundos para escapar uno del otro.
Especialmente en Surprised by Hope.
2. Dallas Willard
Describe el “reino de los cielos” como el gobierno interior de la vida humana, no un destino postmortem.
Concepto central en The Divine Conspiracy.
3. Joseph Campbell
Analiza las ilustraciones religiosas como mapas internos de transformación psicológica.
En particular en The Hero with a Thousand Faces.
4. Carl Jung
Interpreta símbolos espirituales como procesos de integración y maduración de la conciencia.
Especialmente en Archetypes and the Collective Unconscious.
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