Capítulo Uno
La casa sin ella Tres meses después La primera vez que llegué a casa y no encendí ninguna luz fue en octubre. Me quedé sentado en el coche en la entrada, con las manos sobre el volante frío, mirando las ventanas oscuras. En otro tiempo, al menos una habría estado iluminada. Elena siempre dejaba encendida la lámpara de la sala cuando yo llegaba tarde, aunque ella ya estuviera durmiendo. Era su manera de decirme que me esperaba, que había alguien al otro lado de la puerta. Aquella noche, la oscuridad era absoluta. Entré. No encendí nada. Me senté en el sillón que siempre fue el mío — el de la derecha, el que tiene el reposabrazos desgastado de tanto apoyar el codo mientras leía— y me quedé quieto en la penumbra, respirando el aire que todavía, si cerraba los ojos y lo buscaba con cuidado, guardaba un rastro de su perfume. Jazmín y algo más. Algo que solo era ella. Así empezó el invierno más largo de mi vida.
Me llamo Marcos. Marcos Villalba. Tengo cincuenta y un años y, hasta hace poco, creía saber quién era. Creía conocer los contornos de mi propia historia. Elena y yo nos conocimos en la biblioteca de la universidad, en una tarde de lluvia de septiembre. Ella buscaba un libro de Neruda; yo fingía buscar algo para no parecer el único estudiante que no tenía adónde ir.
Lo que nadie te dice del duelo es que no es una emoción. Es una geografía. Es el espacio que deja alguien cuando se va, un espacio que tiene exactamente la forma de esa persona y que ninguna otra cosa puede llenar. Intenté llenar el espacio de Elena con trabajo. Con rutina. Con largas caminatas nocturnas por el barrio donde vivíamos, donde cada esquina guardaba un recuerdo que se me clavaba en el pecho como una astilla. Nada funcionó. No quería que funcionara. Quería que doliera. Era lo único que me quedaba de ella. Chocamos en el pasillo de poesía. El libro cayó al suelo. Nos agachamos los dos al mismo tiempo. Nuestras cabezas se golpearon. Ella se rio. Yo, que nunca había sabido qué hacer cuando una chica me miraba, también me reí. Y algo en ese instante —en ese pequeño accidente torpe y doloroso— fue el principio de todo. Diecisiete años después, seguía siendo el principio de todo.