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EL CARDENAL CON OREJAS DE BURRO

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Herejías, burlas y códigos clandestinos en el arte del Renacimiento y el Barroco


En 1627, un príncipe de Baviera se llevó a Múnich dos tablas de Alberto Durero y mandó serrarles el pie, donde había unas frases de la Biblia que le molestaban. Las tiras escritas volvieron a Núremberg. La ciudad se quedó con las palabras sin los santos durante doscientos noventa y cinco años.

¿Por qué un hombre con ejércitos se toma la molestia de callar a un cuadro? Un cuadro no levanta tropas. Y sin embargo, en el siglo dieciséis, papas y emperadores invirtieron tiempo y dinero en tapar pinturas que no les gustaban.

Aquí hay diez de esos casos, y cada uno responde un pedazo de la pregunta. El primero ocurre en la Capilla Sixtina, con un funcionario del papa al que Miguel Ángel, según cuentan, pintó en el infierno con orejas de burro. El último, en una casa de Bruselas, donde una viuda quemó los dibujos de su marido por miedo a lo que pudieran costarle. Entre uno y otro aparecerá Botticelli firmando en griego, una lengua que no sabía leer. Y un grabador de Núremberg que dijo ante sus jueces que no reconocía más señor que Dios y que, trece años después, les cobraba quince florines por dorar unos marcos. Me sigue haciendo gracia, y si lo sé es porque el pago quedó en las cuentas de la ciudad.

De papeles así sale todo lo que le cuento: cartas, inventarios, actas, el diario de un pintor que apuntaba lo que cenaba cada noche. A veces, ninguno aclara lo que uno quiere saber. Cuando llegue a una de ellas, se lo diré ahí mismo y seguiremos adelante. Por eso algunos casos tienen desenlace y otros quedan frente a una pared encalada.

Completos o truncos, cada uno aporta al enigma inicial. Al terminar de escucharlos, tendrá su propio juicio.


AUDIOLIBRO

TIEMPO: 1 H 37 MIN

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