El precio de ser temporales
¿Alguna vez has sentido que no perteneces del todo a este lugar… y aun así sabes que debes quedarte?
¿Has sentido ese suspiro antiguo en el pecho, como si el cielo te recordara algo que no sabes explicar?
Vivimos aquí, caminamos estas calles, contamos los días.
Pero algo en nosotros sabe que nuestra ciudadanía no termina bajo este sol.
“No eres de aquí, pero te quiero aquí.”
Este escrito no evade la muerte, la nombra.
No romantiza el dolor, lo acompaña.
Se pregunta por qué decimos anhelar el cielo… y aun así rogamos que nadie se vaya.
¿Es incoherencia o humanidad?
¿Es debilidad o gracia encarnada?
Aquí no encontrarás alas inalcanzables,
sino una fe con sandalias gastadas.
Una fe que llora, barre veredas, recibe vuelto exacto
y aun así confía en que lo eterno ya se filtró en lo cotidiano.
Cristo no fue menos Hijo cuando lloró.
Y tú tampoco lo eres cuando tiemblas.
Este texto es para quienes saben que la vida es breve,
pero también saben que ser temporales no anula lo eterno.
Para quienes intuyen que su historia común
puede ser parte del proyecto eterno del Padre.
Porque tal vez no siempre contemplemos el sol desde abajo…
pero en Cristo, la esperanza es clara:
lo contemplaremos por siempre desde arriba.