SOLAMENTE SON SONIDOS. Teatro
Teatro experimental — Mario Javier Pacheco García, 1970
En una sociedad donde los sueños parecen pertenecer a unos pocos, Solamente son sonidos convierte el escenario en un espacio de confrontación entre la pobreza y el poder, entre quienes dominan y quienes obedecen, entre las promesas de un mundo mejor y la realidad de quienes deben sobrevivir en él.
La obra comienza en la oscuridad. Un haz de luz rompe el escenario y revela, poco a poco, un universo de voces, sombras, ilusiones y contradicciones. Los personajes representan distintas posiciones dentro de una sociedad marcada por las diferencias de clase, la exclusión, la resignación y el ejercicio arbitrario del poder. El sueño aparece como refugio para unos y como insomnio para otros; mientras las sombras reclaman libertad y derechos, las esperanzas parecen perderse en mundos impenetrables.
A medida que avanza la representación, la aparente tranquilidad social se desmorona. Una madre preocupada por las relaciones de la élite, un hombre que pide simplemente un mendrugo de pan, una voz religiosa que predica resignación y personajes que cuestionan las verdades establecidas construyen una escena cargada de ironía y tensión. La obra confronta al espectador con una pregunta incómoda: ¿qué significa realmente ser libre dentro de una sociedad construida sobre la desigualdad?
El teatro se transforma entonces en un espejo de la condición humana. Los discursos sobre la humildad, la paciencia, la fe y las promesas de un futuro mejor contrastan con la humillación, el hambre, la violencia y el silenciamiento de quienes cuestionan el orden establecido.
Con una estructura experimental basada en voces, coro, movimiento, oscuridad, luz y acciones escénicas, la obra prescinde de una narración convencional para construir una experiencia teatral simbólica y provocadora. Sus personajes no son únicamente individuos: son voces de una sociedad atrapada entre la necesidad de creer y la necesidad de rebelarse.
El desenlace lleva esta tensión hasta su expresión más contundente. Las palabras se convierten en promesas, las promesas en creencias y las creencias terminan enfrentándose a una violencia que rompe definitivamente la ilusión. La repetición de “Creemos” adquiere así un sentido inquietante: creer puede ser esperanza, pero también puede convertirse en una forma de sometimiento.
Solamente son sonidos es, en esencia, una obra sobre el poder, la desigualdad, la fe, la libertad y las ilusiones humanas. Escrita en 1970, conserva el espíritu de un teatro experimental que busca incomodar al espectador, hacerlo pensar y obligarlo a mirar detrás de las palabras.
Una obra en la que, finalmente, las voces dejan de ser solamente sonidos y se convierten en una denuncia.