LA PLAYA DE BELEN MONOGRAFIA HISTORICA
LA PLAYA
Monografía Histórica y Geográfica
Mario Javier Pacheco
En los albores del siglo XIX, cuando la historia de los pueblos americanos comenzaba a desprenderse de las sombras de la Colonia y el territorio adquiría, poco a poco, la dignidad de una patria por conocer, comprender y preservar, nació una necesidad que aún hoy conserva toda su fuerza: dejar memoria de aquello que el tiempo amenaza con borrar.
La Playa, Monografía Histórica y Geográfica, de Mario Javier Pacheco, responde precisamente a ese mandato de la memoria.
Esta obra penetra en el alma de La Playa de Belén para contemplarla no como una simple demarcación del mapa colombiano, sino como una comunidad formada por la tierra, el agua, el trabajo, la fe, la sangre, las costumbres y los acontecimientos que han dado forma a su existencia. El autor levanta, con paciencia de historiador y sensibilidad de hombre de provincia, un retrato amplio de un municipio cuyo paisaje guarda tanto la severidad de sus tierras como la singular belleza de sus Estoraques.
La geografía ocupa aquí un lugar fundamental. Montañas, quebradas, bosques, clima, fauna, flora y recursos hídricos son examinados como elementos inseparables de la vida humana. Los Estoraques aparecen como una de las grandes expresiones naturales del territorio: columnas y conos levantados por la lenta obra de la erosión, convertidos por la naturaleza en una arquitectura que ningún arquitecto pudo concebir.
Pero Pacheco no se detiene ante el paisaje. Comprende que la verdadera historia de un pueblo se encuentra también en las manos que cultivan la tierra, en los hombres que comercian, en las familias que levantan sus casas y en las generaciones que transmiten una costumbre a la siguiente. Por ello, la agricultura, el comercio, la industria, la minería y el turismo forman parte de esta mirada sobre La Playa. La cebolla, el fríjol, el tomate, el café y los demás frutos de la tierra aparecen vinculados a las esperanzas y dificultades económicas de sus habitantes.
La obra adquiere entonces una dimensión más profunda: la tierra deja de ser paisaje para convertirse en destino.
En sus páginas históricas aparecen los pueblos indígenas que precedieron a la organización moderna del territorio, las migraciones, los antiguos asentamientos y las comunidades que dieron nombre y carácter a la región. El relato conduce después hacia la fundación de La Playa de Belén en el siglo XIX, sus primeros pobladores, sus capillas, sus templos y la progresiva construcción de una comunidad que habría de transformar un pequeño asentamiento en municipio.
Aquí reside una de las mayores virtudes de Mario Javier Pacheco: comprender que la historia municipal no es una historia menor.
En la vida de un pueblo pequeño se encuentran, reducidos a una escala humana, los grandes problemas de toda sociedad: la organización del poder, la propiedad de la tierra, la educación, la religión, la economía, los servicios públicos, las comunicaciones, la cultura y la lucha permanente entre conservación y transformación. La monografía, por ello, adquiere un valor que rebasa las fronteras de La Playa de Belén: es también un testimonio sobre la manera en que una comunidad colombiana se construye a sí misma.
Pacheco demuestra, además, una particular preocupación por aquello que constituye la memoria espiritual y cultural del pueblo. Los templos, los monumentos, la arquitectura, las bandas de música, las fiestas, el traje típico, la alimentación, las colonias playeras y las formas de integración comunitaria aparecen como expresiones de una identidad que no puede medirse únicamente en cifras.
La importancia del autor se encuentra justamente en esa capacidad de unir la estadística con la memoria, el territorio con el hombre y el pasado con la posibilidad del porvenir. El propio texto lo presenta como escritor ocañero y remite a una obra anterior suya, El Departamento Caro, Filosofía Política y Económica para el Sur del Cesar, Sur de Bolívar y Provincia de Ocaña, publicada en 1994, mostrando una trayectoria intelectual interesada en la historia y en la organización política y territorial de esta región.
No es, pues, únicamente un libro acerca de un municipio.
Es un inventario de identidad.
Es la tentativa de salvar del olvido los nombres de quienes fundaron, construyeron, cultivaron, enseñaron, gobernaron, rezaron, comerciaron y soñaron en aquella tierra. Es también una advertencia acerca de la responsabilidad que pesa sobre cada generación: recibir un territorio no significa poseerlo eternamente, sino custodiarlo para quienes todavía no han nacido.
Por eso las páginas dedicadas al agua, a los bosques y a la protección ambiental poseen una significación que trasciende su tiempo. El autor advierte sobre la contaminación de las fuentes, la expansión agrícola sobre áreas boscosas, la erosión y la necesidad de proteger los ecosistemas que sostienen la vida municipal.
Y cuando mira hacia el futuro, la obra encuentra en el patrimonio natural, en la arquitectura urbana y en las manifestaciones culturales posibilidades de desarrollo. Los Estoraques, la arquitectura uniforme de la cabecera, las fiestas y las tradiciones son presentados como bienes capaces de convertirse en fundamento de una vocación turística y económica todavía por desarrollar.
La Playa, Monografía Histórica y Geográfica es, en definitiva, una obra para quienes comprenden que un pueblo que pierde su memoria termina perdiendo también la conciencia de sí mismo.
Mario Javier Pacheco escribe para dejar constancia.
Y dejar constancia, cuando el tiempo borra nombres, transforma paisajes y modifica las costumbres, es una de las formas más nobles de vencer a la muerte.
Este libro pertenece a la historia de La Playa de Belén, pero también pertenece a la historia íntima de Colombia: aquella que no siempre aparece en los grandes tratados, porque permanece escondida en las plazas, en las iglesias, en las casas antiguas, en los campos cultivados, en las voces de los ancianos y en los caminos que conducen de una generación a otra.
Una obra para conocer un territorio.
Un documento para comprender un pueblo.
Y, sobre todo, un testimonio para impedir que el tiempo tenga la última palabra.