Limpiaba las ventanas en una afable mañana de domingo, ataviada con mi outfit más elegante de ropa vieja, un exfoliante en la cara y un peinado perfectamente despeinado. En mi meticulosa danza de dar cera, pulir cera, me sentía observada. No era una paranoia injustificada: frente a mi fachada hay muchas ventanas. Demasiadas.
Y allí estaba ella. La señora de la cortina siempre descorrida. La atenta vigía del vecindario. Su mirada escrutadora, apenas disimulada tras el cristal, registraba cada uno de mis movimientos con la devoción de quien sigue una telenovela de larga duración. Decidí saludarla con un leve movimiento de cabeza. Ipso facto, desapareció entre las tinieblas, con la agilidad de un ninja del cotilleo.
El noble arte del huevereo, como bien sabemos, es una tradición arcaica. En los pueblos es una institución, casi un rito de paso generacional. Pero, como he podido comprobar, en las ciudades no muy grandes también sobrevive con fuerza.
Yo, que vengo de Plutón (que ni planeta le dejan ser), todavía no he logrado integrar esta costumbre en mi día a día. Sin embargo, me fascina. Me pregunto si algún día, sin darme cuenta, seré yo la que, tras una cortina estratégicamente apartada, observe a la nueva generación de hueveros mientras sacuden alfombras o riegan sus plantas. Por ahora, me limito a ser la observada. Y, francamente, me parece un honor.