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Pavo real, pavo y ave

El salto del pavo real

Había una vez un majestuoso pavo real que vivía en una amplia jaula junto a su familia: sus hermanos pavos, sus hermanas gallinas, sus primos gansos y su imponente tía, la avestruz. La jaula no era un lugar incómodo, pero tampoco le permitía mucho más que pavonearse bajo el sol que se colaba entre los barrotes.


Un día, mientras distraídamente picoteaba granos cerca de la puerta, sucedió lo inesperado: la cerradura, mal ajustada, cedió con un chirrido. Sin pensarlo dos veces, el pavo real dio un salto despistado y salió.


Ahora estaba fuera. Por primera vez, la hierba fresca acariciaba sus patas y el viento libre agitaba su cola brillante. Picoteó unos granos caídos sobre la hierba, que tenían un sabor a libertad, a algo nuevo. Pero, a pesar de estar fuera, no se alejaba del todo. Pegado al otro lado de la valla, observaba a su familia en la jaula, inquieto. "¿Qué estarán pensando de mí? ¿Se sentirán abandonados?"


Desde una jaula cercana, los guacamayos y loros se burlaban con carcajadas aladas.

—¡Míralo! Afuera, pero atrapado por dentro.

—¿De qué sirve salir si no vas a volar?


El pavo real sacudió las plumas, intentando no escucharlos, pero sus palabras lo seguían como sombras. Caminando más allá, se topó con un estanque donde los patos, cisnes, gaviotas y palomas chapoteaban felices. Observó cómo entraban y salían del agua con libertad, batiendo sus alas sin preocupación.

—Ellos sí saben moverse a su antojo —pensó, con una mezcla de admiración y envidia.


Entonces, vio algo que lo dejó inmóvil: un hombre de bigote espeso y ojos afilados, armado con una escopeta, se acercaba al estanque. Los animales, alertados por el crujir de las hojas bajo sus botas, comenzaron a volar en todas direcciones.


El pavo real sintió un escalofrío. ¿Qué haría él si ese hombre lo veía? Al instante supo que quedarse cerca de la jaula no era una opción. Recordó las palabras de los guacamayos. Miró su reflejo en el agua del estanque y, por primera vez, no vio un pavo cauteloso, sino a un ave con un par de alas poderosas que jamás había usado de verdad.

—Es hora de pavonearse sin piedad —se dijo.


Tomó aire, abrió su magnífico abanico de plumas y corrió con todas sus fuerzas, batiendo las alas. No sabía si volaría lejos, pero algo dentro de él le gritaba que debía intentarlo. Se elevó torpemente al principio, pero el instinto hizo el resto.


Desde lo alto, vio la jaula que había sido su hogar, la valla que lo había contenido, y el estanque donde había aprendido que la libertad era más que un espacio abierto: era una decisión.


A medida que las colinas y los campos se extendían bajo sus alas, una certeza le llenó el pecho: encontraría un nuevo lugar y una nueva familia, pero sobre todo, había encontrado algo que nadie podía quitarle: el valor para volar.



Pingüino rayado azul y blanco, pájaro amarillo con gorrito, y gato marrón con pijama rayado blanco y rojo

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