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Buscando madres donde no podían existir

Cada vez que mi abuelita se iba, yo me rompía.

No encuentro otra forma de decirlo.

Ella vivía en otra ciudad y, de vez en cuando, venía a quedarse con nosotros durante algunas semanas.

Y mientras estaba, la casa se sentía diferente.


Me enseñaba cosas del hogar, a cocinar, a coser, a tener todo en orden.

Recuerdo que insistía en que aprendiera.

Me decía que una mujer siempre debía saber valerse por sí misma.

Que nunca estaba de más tener una habilidad que pudiera ayudarte a salir adelante si la vida se complicaba.

Yo era demasiado niña para entender la importancia de lo que intentaba enseñarme.

Demasiado distraída para aprender a coser como ella quería.

Sin embargo, años después terminé aprendiendo sola.

Y muchas veces pensé que, si hubiera podido verme, se habría sentido orgullosa.


También me hablaba del futuro.

Me repetía que debía estudiar, tener una profesión, aprender idiomas.

Construir una vida propia.

Curiosamente, terminé haciendo exactamente eso.

Hoy tengo dos carreras y sé tres idiomas.

Y aunque muchas decisiones fueron mías, siempre siento que una parte de esa semilla la plantó ella.


Pero no todo eran consejos.

También estaban los momentos pequeños, los que parecen insignificantes hasta que pasan los años.

A mí siempre me gustó bailar y me encantaba bailar con ella.

A veces estaba ocupada cocinando o haciendo cosas de la casa.

Entonces me daba su chalina, yo la tomaba entre mis manos y bailaba con ella como si fuera mi pareja.

Todavía recuerdo una canción, La Llorona.

Todavía puedo verme girando por la casa con aquella chalina azul oscuro y todavía puedo sentir lo mucho que la quería.


Y entonces llegaba el momento de despedirse y algo dentro de mí se rompía.

Lloraba, sentía un vacío enorme y contaba los días para volver a verla.

Durante muchos años pensé que simplemente extrañaba a mi abuelita.

Y claro que la extrañaba. La quería profundamente.

Pero hoy me pregunto si también extrañaba cómo me sentía cuando ella estaba.


Porque cuando era niña, ella me hacía sentir vista, cuidada, escuchada ,segura.

Y quizá eso era parte de lo que tanto me costaba perder cada vez que se marchaba.


También recuerdo a una mujer que trabajó con nosotros durante una etapa de mi infancia.

Pasaba todo el día en casa, jugábamos, nos daba de comer.

Formaba parte de nuestra rutina y todavía la recuerdo con muchísimo cariño, La Cristina.

Durante años pensé que esos vínculos eran simplemente afecto y seguramente lo eran.

Pero hoy también me pregunto si había algo más.

Si aquella niña que fui se aferraba con tanta fuerza a ciertas mujeres porque encontraba en ellas algo que necesitaba profundamente.


No creo que estuviera buscando una madre de forma consciente.

Creo que estaba buscando la sensación de ser cuidada, de sentirme protegida y de sentir que alguien estaba ahí.


Con el tiempo entendí que muchas personas que crecimos con alguna forma de ausencia emocional desarrollamos vínculos muy intensos con ciertas mujeres que aparecen en nuestras vidas.

Una abuela, una tía, una profesora, la mamá de una amiga, una vecina o una mentora.

No porque queramos reemplazar a nuestra madre.

Sino porque encontramos en ellas algo que hemos estado necesitando desde hace mucho tiempo.


Los niños buscan conexión igual que las plantas buscan la luz.

No lo hacen porque estén confundidos, lo hacen porque lo necesitan.

Y quizá muchas de nosotras seguimos buscando esa misma sensación durante años, sin darnos cuenta de dónde nacía esa necesidad.


Hoy no recuerdo a mi abuelita, Laura, únicamente desde el dolor de las despedidas.

La recuerdo desde el amor, desde las semillas que dejó en mi vida, desde los consejos que todavía me acompañan desde las veces que creyó en mí antes de que yo aprendiera a creer en mí misma.


Hay mujeres que dejan huellas profundas en nuestra historia.

Mujeres que, sin saberlo, nos ofrecen pequeños fragmentos de aquello que necesitábamos.

Nos enseñan, nos inspiran, nos cuidan, nos ayudan a imaginar futuros diferentes.

Quizá nunca llegaron a saber la importancia que tuvieron.

Pero su amor permanece en un recuerdo, en una decisión, en una habilidad que aprendimos muchos años después y a veces en una canción que sigue sonando dentro de nosotras.


Comprender nuestra historia no cambia lo que ocurrió.

Pero sí puede ayudarnos a mirar nuestro pasado con más ternura.

A reconocer las huellas que nos formaron.

Y a agradecer a las mujeres que, de una forma u otra, dejaron amor en nuestro camino.


Si tú también estás intentando comprender tu historia con más compasión, El Oráculo Emocional fue creado para acompañarte en tu día a día.