No todas las infancias se sienten como infancia.
Algunas se sienten como aprender demasiado pronto… sin darte cuenta.
Crecí en una casa donde, de un momento a otro, algo cambió.
Mi mamá ya no estaba.
Y aunque en ese momento no tenía las palabras para entenderlo,
la dinámica de la casa cambió por completo.
Mi papá hizo lo que pudo.
Estaba enfocado en sacarnos adelante,
en sostener todo de la forma en que sabía.
Pero había algo que empezó a faltar… y que nadie sabía cómo reemplazar.
Sin darnos cuenta, empezamos a asumir roles que no nos correspondían.
No fui solo yo. Mis hermanos también.
Cada uno, a su manera, empezó a ocupar un lugar que hacía falta.
Aprendimos a resolver. A improvisar.
A hacer cosas para las que nadie nos había preparado.
Había días en los que simplemente… tocaba ver qué hacíamos.
Cocinar sin saber cocinar.
Organizar la casa sin saber por dónde empezar.
Resolver cosas pequeñas… que para nosotros eran enormes.
Recuerdo intentos fallidos en la cocina.
Comida que salía mal.
Errores que hoy parecen graciosos… pero que en ese momento no lo eran tanto.
Como aquella vez en la que el aceite caliente hizo una llama tan grande que alcanzó el techo.
O las pequeñas cicatrices que quedaron en la piel por no saber hacer algo… y aun así tener que hacerlo.
No había una guía constante.
No había alguien que dijera: así se hace o déjame ayudarte
Y cuando eres niña… eso pesa, aunque no lo entiendas en ese momento.
Con el tiempo, aprendí a hacer muchas cosas.
Pero también entendí algo más profundo:
No todo lo que aprendí… lo aprendí en el momento en el que debía aprenderlo.
Crecí rápido.
Más rápido de lo que me correspondía.
Y eso tiene consecuencias.
Hoy, por ejemplo, hay cosas que no disfruto.
Cocinar es una de ellas.
No porque no pueda… sino porque para mí nunca fue un espacio tranquilo.
Fue una responsabilidad antes de tiempo.
También cambió la forma en la que veo la vida.
Incluso decisiones importantes.
Como no querer ser madre.
Porque, en cierto modo, ese rol ya lo viví… antes de estar lista.
Pero esta no es una historia solo de ausencia.
Porque también hubo algo más.
Hubo hermanos.
Hubo complicidad.
Hubo momentos en los que todo, incluso lo difícil, se transformaba en juego.
Creamos nuestro propio mundo.
Uno en el que nos acompañábamos.
En el que nos sosteníamos.
En el que, de alguna forma, hacíamos que todo fuera más llevadero.
Y sí, hubo risas.
Hubo momentos buenos.
Hubo recuerdos que todavía hoy puedo ver con cariño.
Pero con los años entendí algo importante:
Que una infancia tenga momentos lindos…
no significa que haya sido completa.
Ese es un duelo del que casi no se habla.
El duelo de lo que sí pasó… pero también de lo que faltó.
De la guía que no estuvo.
De la contención que no siempre existió.
De la posibilidad de haber sido simplemente niña.
Porque a veces no se trata de que haya habido algo “malo”.
Se trata de que hubo cosas que nunca estuvieron.
Y ese vacío es difícil de reconocer cuando creces.
Pero igual influye más de lo que parece.
Muchas veces, ese pasado sigue apareciendo en el presente.
En la forma en la que reaccionas.
En lo que evitas. En lo que te cuesta.
En los pensamientos que vuelven una y otra vez.
Ese es el punto donde muchas personas se quedan atrapadas.
Intentando entender…reviviendo… dándole vueltas a lo mismo.
Pero hay otra forma de mirarlo.
No desde la culpa. No desde el reproche.
Sino desde la comprensión.
Puedes reconocer lo que faltó… sin invalidar lo que sí hubo.
Puedes aceptar que creciste como pudiste…
y aun así darte hoy lo que en ese momento no estuvo.
Porque aunque no tuviste cierta infancia…
hoy sí puedes construir una forma distinta de relacionarte contigo.
Si sientes que tu mente vuelve una y otra vez al pasado… No estás sola.
Cuando hay cosas que no se procesaron en su momento, la mente intenta volver a ellas.
Una y otra vez.
Por eso creé Rompe el Bucle, una guía diseñada para ayudarte a:
• entender por qué tu mente se queda atrapada en ciertos recuerdos
• identificar esos patrones que se repiten
• empezar a salir de ese ciclo de forma práctica
Porque no se trata de borrar tu historia.
Se trata de dejar de quedarte atrapada en ella.
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