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El edificio al que seguía regresando

Hay historias que no empiezan con un "érase una vez".

Empiezan con una puerta que un día se cierra.

Y una niña demasiado pequeña intentando entender por qué ya nadie la vuelve a abrir.


Había una vez una niña que vivía con su mamá en un edificio enorme.

No sabía cuántos pisos tenía, solo sabía que allí estaba su hogar.

Hasta que un día, sin despedirse, su mamá desapareció.

La niña esperó.

Los primeros días miraba la puerta cada pocos minutos, después la miraba cada tarde.

Más tarde, solo de vez en cuando.


Con el tiempo aprendió a hacer muchas cosas sola.

Aprendió a arreglarse sin que nadie le enseñara, aprendió que algunas noches se dormía mejor abrazando una almohada, aprendió que cuando otros niños preguntaban por su mamá, era más fácil cambiar de tema.

Aprendió muchas cosas, demasiadas para una niña.


Pero nunca dejó de imaginar que algún día la puerta volvería a abrirse.

Y un día sucedió, su mamá estaba allí.

No hubo preguntas, no hubo explicaciones y la niña tampoco las necesitaba.

Porque cuando alguien lleva demasiado tiempo con hambre, no pregunta por qué la comida tardó tanto. Solo corre hacia ella.


Su mamá le sonrió y le dijo:

—Ven.

Y juntas comenzaron a subir las escaleras del edificio, piso tras piso, grada tras grada.

La niña pensaba que, tal vez, todo estaba empezando de nuevo.

Que esta vez sí tendría una mamá, que esta vez sí sería diferente.

Hasta que llegaron a un balcón.

Sin decir una sola palabra, su mamá la empujó.

La caída fue larga y dolorosa.

El aire le golpeaba la cara mientras intentaba entender qué estaba pasando.

Cuando por fin cayó al suelo, tenía el cuerpo lleno de heridas.

Le dolía respirar, moverse. Le dolía existir.

Levantó la mirada esperando que alguien bajara a ayudarla.

Su mamá seguía arriba, la estaba mirando pero no hizo nada.

No corrió, no preguntó si estaba bien, no intentó levantarla.

Solo dio media vuelta...y volvió a desaparecer.


Pasó mucho tiempo.

Con muchísimo esfuerzo, aquella niña logró ponerse de pie.

No porque alguien la hubiera ayudado, sino porque nadie vino.

Y eso cambia a una persona.

Las heridas cerraron por fuera aún que por dentro siguieron abiertas.


Y, aun así, un día fue ella quien decidió buscar a su mamá.

Nadie la obligó, nadie le pidió que lo hiciera.

Simplemente había una parte de ella que seguía creyendo que, si la encontraba otra vez, quizá aún existía la posibilidad de recuperar aquello que había perdido.

Cuando por fin estuvo frente a ella, extendió la mano de nuevo.

Lo extraño no fue que volvieran a encontrarse,lo extraño fue que, después de todo lo que había pasado, ella todavía quisiera tomar su mano.

Pero eso hace el hambre de madre.

Te convence de que la próxima vez será distinta.

Te susurra que quizá ahora sí recibirás el abrazo que llevas esperando toda la vida.


Así que volvió a tomar su mano,y comenzaron a subir otra vez.

Con la misma esperanza, con el mismo miedo y hasta llegar al mismo balcón.

Esta vez, su mamá volvió a intentar empujarla.

Pero algo había cambiado, la niña ya no era una niña.

Era una mujer.


Y simplemente dio un paso hacia un lado.

No necesitó empujar a su madre, no necesitó discutir y no necesitó convencerla de nada.

Solo dejó de ponerse en el lugar donde siempre terminaba cayendo.

Y por primera vez, la historia no pudo repetirse.




Durante muchos años pensé que sanar significaba encontrar la manera de que mi mamá dejara de hacerme daño.

Creía que, si esperaba lo suficiente, si era más comprensiva, si perdonaba una vez más, algún día ella se convertiría en la madre que siempre necesité.


Pero así es el hambre de madre.

Nos mantiene subiendo una y otra vez el mismo edificio, nos hace creer que esta vez sí habrá un abrazo.

Que esta vez sí nos elegirá, que esta vez sí nos verá.

Hasta que un día entendemos algo profundamente doloroso.

No siempre volvemos porque la otra persona haya cambiado.

Muchas veces volvemos porque la niña que vive dentro de nosotras sigue esperando a su mamá.

Y esa espera puede durar décadas.


Yo también regresé más de una vez, después del abandono, de las traiciones, del silencio.

Después de creer que, si hacía todo bien, finalmente tendría una madre.

Pero hubo un momento en que entendí que seguir regresando no estaba llenando mi vacío.

Lo estaba manteniendo vivo.


Y ese fue el día en que dejé de subir ese edificio.

No porque dejara de necesitar una mamá, sino porque comprendí que ella nunca podría ocupar el lugar que yo llevaba toda la vida intentando darle.


Hoy ya no espero que me salve, o que me vea. Tampoco espero que me cuide o que quiera conocerme.

Porque la mujer en la que me convertí decidió hacer por aquella niña lo que nadie hizo cuando estaba tirada en el suelo.

La levantó, la abrazó y nunca volvió a dejarla sola.


Si mientras leías esta historia sentiste que también has seguido regresando a personas que una y otra vez te han hecho daño, quizá no estabas buscando a esa persona.

Quizá, como yo, estabas buscando a una madre.

Y reconocerlo no cambia el pasado.

Pero puede cambiar el camino que eliges recorrer a partir de hoy.


Si necesitas un pequeño recordatorio mientras aprendes a convertirte en ese lugar seguro que durante tantos años buscaste afuera, el Oráculo Emocional fue creado para acompañarte en ese proceso.

Porque algunas heridas no sanan de un día para otro.

Pero cada día podemos elegir tratarnos con un poco más de amor que el día anterior.