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El hambre que confundí con amor

Hace poco viví un 'casi algo'.

Curiosamente, la historia me marcó más por lo que pudo ser que por lo que fue.

Al final, el verdadero cambio llegó con lo que entendí después.

Porque tengo más de cuarenta años.

He vivido varias relaciones, he amado, he sufrido, he sentido el corazón romperse muchas veces.

Y, aun así, nunca había logrado ver un patrón que hoy me parece tan evidente que me cuesta creer que hayan pasado tantos años sin reconocerlo.


Durante mucho tiempo pensé que cada historia había sido distinta.

Cambiaban los hombres, los momentos y los finales.

Pero cuando ese último vinculo activó otra vez el miedo al abandono, empecé a hacerme preguntas diferentes.

Ya no quería entender por qué esa persona se había alejado, quería entender por qué yo reaccionaba siempre de la misma manera y fue entonces cuando comprendí algo que cambió por completo la forma en que veía mi historia.

El protagonista nunca había sido un hombre.

La protagonista siempre había sido una herida mucho más antigua.


Durante años pensé que simplemente me enamoraba muy rápido, que entregaba demasiado, que era demasiado intensa.

Hoy sé que no era eso.

Entiendo que confundía alivio con amor.


Nunca necesité grandes demostraciones, bastaba un mensaje inesperado, una llamada.

Que alguien me dijera que pensaba en mí, que preguntara cómo estaba, que me hiciera sentir importante y, casi sin darme cuenta, empezaba a construir un mundo entero alrededor de esa persona.

No porque ya la conociera profundamente sino porque, por un momento, dejaba de sentir un vacío que había estado conmigo durante muchos años.


Con el tiempo empecé a notar un patrón.

No importaba quién fuera, siempre ocurría algo parecido.

Al principio sentía una conexión enorme y después aparecía el miedo.

Miedo a que se alejara, a hacer algo mal, a decir demasiado, a que dejara de elegirme.

Y cuando esa persona cambiaba, se volvía distante o simplemente ya no sabía explicar lo que sentía...

Mi mundo parecía derrumbarse.


Pensé que lo que me aterraba era perder a esa persona.

Hoy sé que no era exactamente eso, lo que realmente me aterraba era volver a sentir el vacío que su presencia había logrado callar por un momento.


Entonces empezaban las preguntas.

¿Qué hice mal?

¿Por qué ya no soy suficiente?

¿En qué momento dejó de quererme?

¿Qué puedo hacer para que vuelva?

Mi cabeza buscaba respuestas desesperadamente y como casi nunca las encontraba, las inventaba.

Lo curioso es que todas terminaban diciendo exactamente lo mismo.

No eres suficiente.


Hoy entiendo que esa nunca fue la verdad, era la voz de una herida muy antigua intentando explicar un abandono nuevo con las únicas palabras que conocía.


La herida de madre no desaparece cuando crecemos.

Muchas veces solo cambia de rostro, se disfraza de enamoramiento, de ilusión, de esperanza.

Y, sin darnos cuenta, esperamos que otra persona calme un hambre que nació mucho antes de conocerla.


Eso no significa que nuestras relaciones no hayan sido reales, yo sí amé.

Y estoy segura de que, en muchos momentos, también fui amada.

Pero ahora puedo reconocer que, junto al amor, también había otra cosa.

Una necesidad inmensa de sentirme elegida, de sentirme importante para alguien, de creer que, si esa persona permanecía a mi lado, entonces yo finalmente estaría a salvo.


Quizá por eso me costaba tanto aceptar cuando una relación terminaba, no solo estaba perdiendo a alguien, también sentía que perdía el lugar donde, por un momento, había dejado de sentirme sola.


No escribo esto porque ya lo tenga resuelto, todavía hay días en los que esa herida se activa.

Todavía hay momentos en los que mi cabeza quiere volver a contarme la misma historia.

La diferencia es que ahora la reconozco y cuando aparece, intento recordar que mi valor nunca dependió de que alguien decidiera quedarse.


Hoy no miro esas relaciones con vergüenza, las miro con compasión.

Porque entiendo que aquella mujer no estaba buscando únicamente una pareja, estaba buscando sentirse segura, un lugar para descansar y sin saberlo, el amor que una niña había esperado durante demasiado tiempo.

Tal vez ese sea el descubrimiento más importante de todo este camino.

Que el hambre de madre no nos convierte en mujeres incapaces de ser amadas.

Solo hace que busquemos en otras personas algo que nunca estuvo en sus manos entregarnos.


Si alguna vez has sentido que una despedida dolió mucho más de lo que parecía explicar esa relación, quizá no estabas reaccionando solo al presente. El Oráculo Emocional fue creado para acompañarte en esos momentos en los que una pregunta puede ayudarte a comprender con más ternura lo que estás viviendo.