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La magia del bordado: El día que entendí por qué mamá siempre tenía una aguja en la mano

Crecí viendo a mi mamá con las manos ocupadas. Siempre había un bastidor cerca, un hilo de color esperando su turno, una tela que poco a poco se llenaba de flores, mariposas o esas figuras geométricas que parecían guardar secretos. En aquel entonces pensaba que era solo una forma de pasar el tiempo, algo que las "señoras mayores" hacían mientras veían la televisión.


No fue hasta años después, cuando me encontré escribiendo este artículo, que entendí la verdad: mamá no solo bordaba. Contaba historias. Sanaba heridas. Guardaba memorias. Cada puntada era una palabra no dicha, cada diseño una página de su vida interior.


Cuando las Palabras y los Hilos Se Dan la Mano


¿Sabes esa sensación cuando encuentras la palabra exacta para algo que sentías pero no podías expresar? El bordado es igual. Es tomar algo intangible—una emoción, un recuerdo, una esperanza—y volverlo real a través del hilo.


No es casualidad que digamos "hilar" una historia. O que hablemos de "tramas" en las novelas. Nuestro lenguaje mismo sabe que escribir y bordar son hermanos gemelos que han crecido juntos desde que los humanos aprendieron a contar historias.

La poeta chilena Cecilia Vicuña lo captó perfectamente: "La palabra es un hilo y el hilo es lenguaje". Y tenía razón. Tanto el hilo como la palabra sienten nuestras manos cuando los tocamos. Responden a nuestro estado de ánimo. Se impregnan de nosotros mientras creamos.


He visto esto miles de veces. Una amiga que borda cuando está ansiosa—sus puntadas se vuelven diminutas, perfectas, como si quisiera controlar cada milímetro de caos. Un escritor que conozco cuyas palabras fluyen diferente cuando está emocionado, casi puedes sentir la energía saltando de la página.

El hilo y la palabra son nuestros traductores secretos. Toman lo que sentimos aquí adentro y lo convierten en algo que otros pueden ver, tocar, entender.


El Laboratorio Silencioso de Elena Garro


Elena Garro era una escritora mexicana que tenía un método de trabajo que suena casi mágico: cada vez que iba a escribir algo, se ponía a bordar. "A cada puntada que doy es como si escribiera una palabra", decía.

Imagínatela ahí, siguiendo el contorno de una rosa mientras construía el diálogo de sus personajes, o bordando los pétalos de una margarita mientras decidía el final de un cuento. Para ella, la aguja y la pluma eran la misma herramienta.


Y es que hay algo hipnótico en ambos procesos. Esas horas de trabajo silencioso donde el mundo exterior desaparece. Los intentos que no salen como esperábamos y que nos enseñan más que los éxitos. El sonido de la pluma raspando el papel, el suave pop del hilo atravesando la tela. Todo eso se impregna en lo que creamos.


Una poeta joven, Fabiola Lizette, dice que su paciencia para escribir viene directamente de las horas que pasa bordando. Aprende de cada puntada que no se puede forzar la belleza, que hay que dejarla emerger a su propio ritmo.


La Aguja que Cura


A veces la vida nos rompe. Nos deja con grietas que no sabemos cómo cerrar, con heridas que las palabras no alcanzan a sanar. Y ahí, en esos momentos de quiebre, el bordado se convierte en medicina.

María Belén Sánchez lo descubrió de la forma más hermosa: "descubrí que cuando cosía también me cosía". Como si cada puntada fuera un pequeño acto de reparación personal, como si el hilo pudiera unir no solo los pedazos de tela, sino también los pedazos rotos de su alma.


Conozco la historia de Agnes, una mujer que perdió a su madre y se encontró bordando obsesivamente. El sonido de la aguja perforando la tela se convirtió en su ancla, en algo que la mantenía conectada al mundo cuando todo lo demás parecía desmoronarse. "Era una perfecta metáfora del dolor", narra. Pero también era su forma de sobrevivir.


Y luego están esas historias que te rompen el corazón de la manera más tierna. Como la mujer cuya hermana tiene Alzheimer. Las palabras se fueron hace tiempo, los nombres se borraron, pero cuando se sientan juntas a bordar, algo mágico pasa. Las manos recuerdan lo que la mente olvidó. Se reconectan a través de ese lenguaje silencioso de hilos y gestos, volviendo a ser hermanas, aunque sea por un momento.


Sueter para mujer bordada floral Única

Sueter bordada para mujer Única


Cuando el Hilo Se Vuelve Grito


Pero tal vez lo más poderoso del bordado es cuando deja de ser individual y se vuelve colectivo. Cuando la aguja se convierte en protesta.

En México, después de años de violencia que parecía no tener fin, algo hermoso y desgarrador comenzó a pasar. Grupos de personas empezaron a reunirse en plazas públicas con pañuelos blancos y hilos de colores. Bordaban nombres. Los nombres de los que ya no estaban. Los nombres de los desaparecidos, de los asesinados, de los olvidados.


Imagínate la escena: madres, hermanas, amigas, sentadas en círculo bajo el sol, convirtiendo cada puntada en un acto de memoria, cada hilo en una exigencia de justicia que se niega a ser silenciada.

Una artista llamada Mónica Iturribarría llevó esto más lejos. Toma portadas de periódicos—esas que hablan de muertes y violencia que ya se volvieron cotidianas—y las imprime en pañuelos blancos. Luego borda sobre ellas. Balas. Armas. El contraste es brutal: la ternura del pañuelo contra la crueldad de la noticia.


Su obra parece preguntarnos: en un país herido, ¿de qué otra cosa podríamos bordar?

Estas no son solo obras de arte. Son duelos colectivos. Son formas de reparar, juntos, la tela desgarrada de la comunidad. Son testimonio bordado que se niega a olvidar.


El Tapiz que Somos


Mientras escribo esto, pienso en mi mamá. En las tardes que la vi bordar, en todas las historias que nunca me contó pero que estaban ahí, cosidas en sus diseños. Pienso en cómo todos, de alguna manera, estamos bordando nuestra propia vida.


Cada decisión que tomamos es una puntada. Cada relación que construimos, un hilo que se entreteje con otros. Cada recuerdo que guardamos, un color que añadimos al diseño. A veces las puntadas salen torcidas. A veces el hilo se enreda o se rompe. A veces tenemos que deshacer y empezar de nuevo.

Pero eso es lo que hace que cada tapiz—cada vida—sea único e irrepetible. No buscamos la perfección; buscamos esa belleza particular que viene de ser auténticamente humanos, con nuestros errores y nuestros aciertos cosidos juntos.


He aprendido que crear, ya sea con hilos o con palabras, es uno de los actos más profundamente humanos que existen. En un mundo que a veces parece deshilacharse, tal vez lo que más necesitamos es recordar cómo tejer, cómo unir, cómo encontrar belleza en el proceso mismo de crear.

La próxima vez que veas a alguien bordando, o cuando tomes una aguja en tus manos, recuerda que estás participando en algo ancestral y poderoso. Un lenguaje que habla de paciencia y rebeldía, de sanación y protesta, de memoria y esperanza.


Y quién sabe, tal vez descubras, como yo lo hice, que tu mamá—o tu abuela, o tu hermana, o tú misma—nunca solo bordearon. Contaron historias que el mundo necesitaba escuchar.


Al final, todos llevamos una aguja invisible en las manos, tejiendo sentido en el gran tapiz de la existencia.





Referencias de apoyo - ¡Mil gracias!


Mérat, A. (2020). Bordar la ausencia. Crónica de un duelo bordadoH-ART. Revista de historia, teoría y crítica de arte, (7), 31-52.


Muñoz Toro, J. (2024, 15 de mayo). #55: Bordar para escribir ✍️.


Quiles Faz, A. (2013). DE LA AGUJA A LA PLUMA: LAS ESCRITORAS ESPAÑOLAS (SS. XIII-XX) [Material didáctico]. Universidad de Málaga, Aula de Mayores.


Sanchez, M. B. (s.f.). Poemas de Costuras + tres inéditosOp.cit.