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La mujer detrás de las palabras

Narrarles que mi vida fue “épica” y grandiosa sería engañarlos. La verdad es que siempre fue tranquila... aunque era yo misma quien encontraba la manera de trastornarla. Desde que nací, he luchado con un rasgo de mi personalidad que ha marcado profundamente mi forma de ver el mundo: la ingenuidad. Una ingenuidad alimentada por todo lo que leía y veía.


Escribí mi primer cuento a los 10 años. Y a los 18, ya había terminado mi primera novela. Siempre he tenido una habilidad innata para inventar historias, quizás porque pasaba más tiempo dentro de ellas que en la vida real. Durante muchos momentos de mi existencia, me refugié tanto en la ficción que olvidé vivir… y socializar. Para mí, estar detrás de un teclado ha sido más sano y satisfactorio que un paseo a la playa, y las conversaciones por chat me resultaban más cómodas que los encuentros con desconocidos.

A los 34 años, comencé a experimentar lo que los psicólogos llaman “crisis de ansiedad”. Mi dificultad para estar en grupos numerosos me llevó, con mucho dolor, a dar un paso atrás en la docencia, a pesar de amarla profundamente. Poco a poco, me fui encerrando en casa, sin mayor contacto que el de mis padres. En ese silencio, mi única salida fue la escritura. Por medio de ella volcaba todo: mis miedos, mi rabia, mis alegrías y mis pensamientos más íntimos.


Pero la vida da giros inesperados. La muerte de mi madre, y dos años después la de una amiga muy querida, marcaron un antes y un después. Eran las dos mujeres más importantes de mi vida. Su sola presencia había definido parte de mi personalidad… y su partida removió todo dentro de mí.

Por eso he decidido hacer un cambio radical. Hasta ahora, mis escritos eran solo míos. Hoy siento el deseo —y la necesidad— de compartir quién soy, lo que pienso, y lo que he creado durante casi cuatro décadas.


Hoy quiero liberarme de mis ataduras internas. Deseo dejar florecer mi talento y, por fin, enfrentar el mundo con valor.


Escribo porque es la forma más honesta que tengo de existir. No sé estar sin palabras. A veces me cuesta hablar en voz alta, pero lo que no digo se me sale por los dedos. Escribo porque me salva, porque me explica, porque me permite volver a armarme cuando siento que me rompo. Hoy más que nunca siento que necesito compartir, ya no para que me comprendan, sino para soltar lo que llevo dentro... por si a alguien le sirve.


Me apasionan las emociones calladas, las que no se muestran pero se sienten fuerte. Escribo sobre mujeres que dudan, que sienten mucho, que a veces se esconden del mundo porque les abruma. Me mueven los temas que incomodan, los que nadie quiere contar, pero todos hemos vivido: la soledad, la pérdida, la búsqueda de sentido. También me interesa explorar lo cotidiano, eso pequeño que parece nada, pero sostiene todo.


Quiero llegar a mujeres como yo. Mujeres que han sentido que no encajan, que han sido demasiado sensibles, demasiado buenas, demasiado silenciosas. Mujeres que han tenido que reconstruirse después de una pérdida, después de un abandono, después de haberse olvidado de sí mismas. Escribo para ellas. No para darles respuestas, sino para que sepan que no están solas. Quisiera que mis palabras acompañen a otros. Que alguien me lea y diga “esto lo siento yo también”. Que se detengan, respiren y se permitan sentir, sin juicio. No busco impresionar, ni parecer sabia, ni dar cátedra de nada. Solo quiero que lo que escribo toque, aunque sea un poquito, el alma de quien lo necesite.


Mi escritura es íntima. A veces parece que solo le hablo a una persona, porque así lo siento. Escribo cuentos, diarios, reflexiones, pensamientos sueltos que terminan haciendo nido en papel. No me encierro en un solo género, porque lo mío no es la forma, sino el fondo: decir lo que siento. Lo demás se acomoda solo.

La escritura ha sido mi refugio cuando el mundo ha sido demasiado. Cuando no encontraba espacio afuera, lo encontraba dentro. Cuando me rompí, escribí. Cuando me perdí, me escribí. A veces no me entiendo hasta que me leo. No sé si la escritura me ha curado, pero sí me ha sostenido. Y eso, para mí, es suficiente.


Es por eso que ahora ya no quiero esconderme. Porque algo dentro de mí cambió. Antes escribía solo para mí. Hoy me nace compartirlo. No porque me sienta lista, sino porque entendí que tal vez nunca lo esté… y aún así, es momento. No quiero que mis palabras se queden guardadas. Quiero que respiren, que salgan, que vivan en otras personas también.


Con mi voz compartida quiero construir un espacio de verdad. Donde no haga falta fingir que estamos bien. Donde se pueda hablar del dolor, de la esperanza, de las contradicciones. Un lugar donde la sensibilidad no sea una debilidad, sino un superpoder. Quiero que mis letras construyan puentes entre mujeres, aunque nunca nos hayamos visto.