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Amanecer Incompleto

Hay un lugar que nunca he tocado, un reino que mis pies nunca pisaron. Se extiende en el borde de la memoria, donde los crepúsculos parecen no desvanecerse nunca y las esperanzas nacen solo para quebrarse. No es un reino de fuego, sino de brasas que arden sin consumir, un fuego lento que nunca se apaga, que nunca se sacia. El deseo, aquí, no es más que un eco persistente, un susurro de algo que nunca será. ¿Y el paraíso? Nunca lo he visto, apenas se percibe en los vestigios de un sueño que el tiempo se encargó de borrar. Es un murmullo entre los escombros, una ilusión perdida entre las ruinas de lo que una vez fue.


El viento que sopla aquí no trae consigo promesas de grandeza ni canta la dulzura de un futuro brillante. Solo trae el eco de pasos que se pierden en el vacío, el rastro invisible de alguien que alguna vez fue todo y ahora no es más que la resonancia de lo que pudo haber sido. La noche desciende, suave y fría, cubriéndolo todo, envolviendo lo que alguna vez fue sólido y verdadero. En su abrazo, las certezas se disuelven, las fronteras se desvanecen en la neblina del olvido.


En este caos de sombras, nuestras miradas se cruzan, se encuentran en el abismo de lo desconocido. Pero no hay unión. Las almas siguen separadas, condenadas a cruzarse sin llegar a fundirse, como dos estrellas errantes que nunca logran alinear sus órbitas. La distancia, siempre presente, se abre entre nosotros, una grieta invisible que se extiende sin fin, devorando cualquier intento de acercamiento. El deseo de ser uno resuena, pero la mano nunca encuentra su lugar, el contacto nunca llega. El amor, si es que se puede llamar así, es una corriente que no sabe cómo conectar, que teme la fusión, consciente de que si se intentara, se rompería, se desintegraría en pedazos.


Y aquí, en este espacio de dudas y fragmentos, la pregunta persiste. ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué hay para mí en este lugar donde el paraíso es solo un reflejo distorsionado, donde la corona que ansiaba se deshace con cada grano de arena que se desliza entre mis dedos? ¿Qué queda de mí, cuando todo lo que busco solo me lleva a la caída, una tras otra? Cada paso, un suspiro perdido, cada intento, una herida más. No hay trono en este paisaje sombrío, solo polvo y frío bajo mis rodillas, el peso de un mundo que se siente ajeno, distante, como si nunca fuera mío.


Y sin embargo, en medio de esta oscuridad, cuando la luna se oculta tras las nubes y el viento se silencia, surge algo. Un destello. Es pequeño, casi imperceptible, pero está ahí. La esperanza no se rinde, su luz es débil, titilante, pero persiste. Es un suspiro en la vasta nada, una promesa que se desliza entre mis dedos, buscando algún rincón donde no se desvanezca. Nos acercamos, a pesar del dolor, a pesar de las cicatrices que arrastramos. Porque aunque no podemos fusionarnos, no podemos quedarnos en soledad. La soledad completa es una condena más pesada que la distancia entre dos cuerpos.


La verdad, a veces, es un espejo quebrado. Nos refleja, pero nunca con claridad. Nos muestra lo que somos, pero también lo que no llegamos a ser. Somos reyes de un reino que nunca existió, soberanos de ruinas que jamás habrán de resurgir. Aun así, algo en nosotros sigue buscando, sigue intentando construir, erigir algo sobre los escombros. No hay mapa ni brújula, solo pasos vacilantes, inciertos, que avanzan con la sombra del miedo y el resplandor de la esperanza, cargados con todo lo que no se ha dicho, con todo lo que nunca se alcanzó. Pero hay magia, en medio de todo eso, en el cruce de dos miradas, en la fragilidad compartida que permite que las sombras se toquen, aunque nunca se fusionen por completo.


El viento, como siempre, susurra. Nos recuerda que, incluso en la desolación, no todo está perdido. No siempre olvidamos las manos que se sueltan, no siempre se desvanece el eco de un toque. Tal vez sea solo un segundo, tal vez no sea más que un parpadeo, pero en ese instante, el mundo entero parece ser nuestro, no en su perfección, sino en su verdad. No es un reino dorado, ni una luz eterna, pero es real. Lo que somos, lo que compartimos, es nuestra única verdad. No ser uno, no ser perfectos, pero caminar juntos, aunque solo sea un paso a la vez.


La vida no es un edén sin sombras ni un cielo claro eterno. Es un campo de ruinas, un espacio donde los errores forman parte de nuestro ser, como el aire que respiramos. Y es en esas ruinas, tal vez, donde aprendemos a gobernar, no con el poder absoluto, sino con la comprensión de nuestra propia incompletitud. Al final, lo único que importa es estar aquí, seguir caminando, a pesar de todo. Porque, aunque no seamos uno, aunque no seamos perfectos, siempre hay un amanecer esperando, trayendo consigo no el paraíso prometido, sino la certeza de un nuevo día.



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