Una narrativa poética para mujeres que no olvidan lo que han sido, y sueñan con lo que aún pueden ser.
Hubo un tiempo —quizá no tan lejos—
en que corrías sin preguntar a dónde,
con el cabello suelto,
la risa rota de tanto usarla,
y la piel marcada por soles que no pedían permiso.
Ese tiempo olía a verano rebelde,
a camisetas danzando con el viento,
a promesas hechas con las manos al cielo,
como si pudieras atrapar el futuro entre los dedos.
Y tal vez sí podías.
No sabías todo lo que venía,
pero tampoco te importaba.
Lo importante era el ahora,
ese “ahora” que quemaba dulce,
que no pedía disculpas por sentirse eterno.
Cada emoción era un incendio
y cada paso, una semilla.
Te caíste.
Lloraste con rabia.
Pero también te levantaste con música en las venas
y amigas que no necesitaban palabras
para saber cuándo sostenerte.
Hoy, quizás la vida te pide otras cosas:
silencio, ternura, pausa, paciencia.
Quizás ya no corres,
pero caminas con una fuerza
que sólo quienes han sobrevivido sus propias tormentas entienden.
Las marcas en tu piel no son heridas,
son constelaciones.
Cada una guarda el mapa de lo vivido.
Y aún así,
con todo eso,
sigues soñando.
Sueñas porque aún hay estrellas por recoger,
hay amores que todavía no conoces,
hay versiones de ti misma que te esperan del otro lado del miedo.
Y cuando el día parezca apagarse,
cuando no veas claro el horizonte,
recuerda:
el mañana no es algo lejano.
Es lo que construyes hoy,
con tu risa,
con tus elecciones,
con tu fe tercamente sembrada en el barro.
Tú eres la evidencia.
Tú eres la prueba viva
de que el tiempo no borra,
sino que transforma.
Y que cada estación que has habitado
ha dejado flores que florecen en secreto,
esperando que tú vuelvas
a mirarlas sin miedo.
Comentarios ()