No vinimos al mundo para ser felices, pero nos lo exigieron.
Éramos luz sin saberlo, hasta que la conciencia nos pesó.
Nos prometieron plenitud si cumplíamos un guion ajeno.
Y aún así, hay un vacío que ninguna meta sabe llenar.
Nos dijeron que seríamos libres si elegíamos bien,
pero las elecciones ya estaban hechas antes de llegar.
Nos invitaron a soñar, siempre que el sueño encajara en sus moldes.
Nos enseñaron a perseguir, pero no a detenernos a sentir.
Convertimos la alegría en tarea,
el deseo en escalera,
el silencio en fracaso.
¿Dónde quedó la simpleza de existir?
El dolor, que tratamos de callar,
se vuelve sabio cuando lo dejamos hablar.
No es enemigo, es espejo.
Nos recuerda que también estamos vivos por él.
Hay momentos que no buscan sentido,
y aún así son verdaderos.
No necesitan justificarse.
Solo piden ser vividos.
La felicidad impuesta no conoce matices.
No entiende del gris que habita entre los días.
No hay lugar para el cansancio,
ni para la tristeza sin explicación.
Pero yo quiero ser libre hasta para no sonreír.
Quiero que mi paz no dependa de promesas externas.
No vine a encajar en una vida prefabricada.
Vine a sentirla, incluso cuando duele.

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