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1767: Guanajuato no obedeció

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Le enseñaron que aquello fue apenas un motín de beatos. 


Jesuitas, mineros y terror borbónico en la ciudad de La Plata


La mañana del 1 de julio de 1767, las puertas del Templo de la Compañía amanecieron cerradas y la misa no llamó a nadie. En las calles quedó suspendido un silencio raro, de campana contenida. Antes del mediodía, los operarios de Rayas, Mellado y la Cata descendían hacia la ciudad con hondas, piedras y una furia amasada bajo tierra. Antes de la noche, las cárceles estaban abiertas y los estancos de pólvora y de tabaco habían sido tomados. La historia oficial quiso despachar la llamarada en una línea: el pueblo ignorante se amotinó porque le arrebataron a sus confesores. 

Pero esa explicación cruje bajo el peso de los propios papeles de la Corona. La expulsión de los jesuitas fue la chispa que todos pudieron ver; debajo, en la veta más oscura, ardían otros agravios: el jornal cercenado, el tabaco convertido en mordaza fiscal, la leva forzosa y la mano cada vez más dura sobre los trabajadores del mineral. 

Los amotinados no bajaron de los cerros clamando solo por la salvación de sus almas. Bajaron por el partido, esa fracción de metal que la reforma borbónica les arrancaba del jornal como quien desprende carne de una herida. Bajaron por la mesa cada vez más flaca, por los hijos amenazados por la tropa, por la vida diaria reducida a obediencia y deuda. La devoción dio nombre al enojo; la mina, el salario y la coerción le dieron cuerpo. 

José de Gálvez lo entendió mejor que nadie. Cuando llegó de México con quinientos soldados, no entró como vengador de la Iglesia, sino como contador implacable de un imperio que temía por su plata. Su primera orden no buscó almas culpables, sino brazos fugados: cerrar los cerros, sellar las salidas, devolver a la mina su respiración de metal. 

Luego vino el castigo, escrito para que la ciudad lo leyera con los ojos bajos. El 6 de noviembre dictó sentencia: nueve hombres a la horca; cabezas clavadas en picotas sobre Pastita, sobre el cerro de San Miguel, sobre el cerro del Cuarto y sobre la plaza de la mina de Rayas. Una mano derecha quedó ensartada en la fachada del estanco del tabaco, como una firma brutal del poder. Doscientos treinta y cinco fueron condenados a prisión. Familias enteras recibieron el destierro como una segunda muerte. 

Desde entonces, Guanajuato aprendió a hablar en voz baja. Durante cuarenta y tres años, el miedo se posó sobre las bocaminas, las plazas y los apellidos arrancados de raíz. Pero el silencio no borró la memoria: la guardó bajo la piedra, la mezcló con polvo de metal, la hizo esperar. En 1810, la ciudad volvió a levantar la voz en la misma plaza, contra el mismo poder, con otra bandera y una rabia antigua. 

Este libro vuelve a aquel verano como quien baja a una mina abandonada con lámpara y paciencia. Su Protocolo de Beneficio en seis fases separa la ganga del mito, calienta los papeles de archivo y, al final, pesa lo que queda después de la fundición. Y lo que queda en la copela no es devoción. Es una cuenta pendiente. 

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