Errantes

Ella nunca pudo sentir como acariciaba su cabello mientras pasaba horas mirando por la ventana, ni mi boca besar su hombro cuando dormía, ni mi mano posarse sobre la suya cuando lloraba desconsolada. Mis sordas palabras no calmaban su sed de amparo, ni mi mirada alentaba su vulnerable alma. Era como si no existiera para ella. De hecho, estaba muerto.

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