EL BANQUETE DE LOS MUERTOS Crónicas insólitas sobre funerales, duelo y poder en las dinastías del mundo
EL BANQUETE DE LOS MUERTOS
Crónicas insólitas sobre funerales, duelo y poder en las dinastías del mundo
La muerte de un rey nunca fue un asunto privado. Cada funeral dinástico dejaba claro quién heredaba el poder, quién lo perdía y cuánto estaba dispuesto a pagar el reino para demostrarlo.
Este libro reúne diez crónicas documentadas sobre exequias y duelos reales. Abre hacia 3000 a. C., con los servidores sacrificados junto a la tumba del faraón Dyer en Abydos, y cierra en 1912 con el funeral del emperador Meiji. Entre una y otra pasan casi cinco mil años y cuatro continentes.
El rey Pedro I de Portugal declaró en Cantanhede, en junio de 1360, que se había casado en secreto con Inés de Castro. Ella llevaba cinco años muerta: tres hombres la asesinaron en Coimbra el 7 de enero de 1355 por mandato de Alfonso IV, el padre de Pedro. La declaración no contó con documento y se basó en la palabra del rey y de testigos. Así, la mujer asesinada pasó a figurar como esposa de un rey. Hacia 1361 sus restos viajaron del monasterio de Santa Clara hasta Alcobaça.
Los reyes mueren como cualquier persona, y lo que queda de ellos sigue al servicio del poder. Este libro es una narrativa directa para lectores de historia y no ficción, y muestra cómo los despojos de los reyes se convirtieron en instrumentos políticos. Por despojos entiendo el cadáver, que, según la dinastía, se dividía o se conservaba, y los objetos y lugares que la corte mantuvo en torno a él. Cada capítulo parte de un suceso fechado y atribuye cada dato dentro de la frase; las fuentes completas van al final.
Callar una muerte fue un recurso temprano. Según Sima Qian, quien escribió unos cien años después de los hechos, en 210 a. C. el canciller Li Si y Zhao Gao ocultaron el fallecimiento de Qin Shi Huang durante el viaje de regreso y falsificaron un edicto a favor de su hijo Huhai.
Las dinastías francesas repartían el cadáver del rey porque cada sepultura añadía un lugar de memoria y de oración. El de Felipe III quedó repartido en 1285 entre cuatro sepulturas, y el de Luis XIV, en 1715, entre tres templos. Saint-Denis recibió el cuerpo; el corazón fue a Saint-Louis des Jésuites y las entrañas a Notre-Dame.
Otras cortes prefirieron que el muerto siguiera presente. Según varios cronistas del siglo XVI, los incas servían comida y bebida a las momias de sus reyes y las consultaban. Cuando el corregidor Juan Polo de Ondegardo las buscó en 1559, los servidores y los linajes ya las habían escondido. La reina Victoria mantuvo casi cuarenta años de duelo y mandó conservar la habitación de Alberto como si él viviera, con ropa limpia sobre la cama y una jarra de agua caliente en el lavabo, según la Colección Real británica.
Un funeral también podía montarse como espectáculo. El cortejo de Meiji salió del palacio imperial de Tokio en 1912 con salvas de cañón, y dos trenes especiales viajaron hacia Kioto. El Japón industrial dirigió el ceremonial, y el capítulo correspondiente revisa si las prácticas presentadas como antiguas incluyeron tradiciones inventadas.
Estas decisiones tuvieron autores con nombre, como Zhao Gao o la reina Victoria, y cada capítulo examina qué efecto tuvo cada uno de ellos. Los rumores y las leyendas a menudo acompañan a los despojos: la tumba vacía de Alejandro I, el besamanos al cadáver de Inés de Castro. Donde las fuentes los contradicen, el capítulo da primero el documento y después la tradición.