El Trono de Polvo
Este es el asiento construido no para la eternidad, sino para el retorno.
El Trono de Polvo se alza de lo que se desmorona,
recordando a cada soberano que las coronas se empañan
y las voces se desvanecen.
Aquí, el poder no es mármol ni oro,
sino el polvo que se adhiere a la piel,
susurrando finales.
Sentarse en él es sentir tanto la altura como la disolución,
el himno de la autoridad ligado a su humildad.
Sostener esta Frecuencia es despertar la verdad
de que toda soberanía es prestada.
El Trono de Polvo enseña que la grandeza no está
en cuánto tiempo se permanece en pie,
sino en la gracia de inclinarse de nuevo hacia la tierra.
No es una pérdida, sino una bendición —
la tierra recibe por igual al gobernante y al gobernado,
disolviendo todo trono en uno solo.